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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 1063

—Señor, por favor... ayúdeme.

El hombre se quedó observando el rostro de Patricia en un pesado silencio. Ella sentía el corazón latiéndole en la garganta, y la tensión y el miedo eran evidentes en su mirada suplicante.

Antes de que los guardias lograran alcanzarlos, Silvio Canto abrió los labios y preguntó: —¿Qué relación tienes con Elena?

Al escuchar el nombre de su madre de manera tan repentina, los ojos de Patricia se abrieron de par en par. —Elena... es mi mamá. ¿Usted quién es?

Llena de desconfianza, soltó el pantalón del hombre y retrocedió a la defensiva.

En ese instante, los guardias del sanatorio llegaron corriendo. Al ver a la niña en el suelo, estuvieron a punto de agarrarla, pero al reconocer al hombre que tenían enfrente, se detuvieron en seco.

Hicieron una reverencia casi militar y saludaron con sumo respeto. —Señor Canto.

Silvio ni siquiera los miró. Mantuvo su atención fija en la niña. —Silvio Canto. ¿Alguna vez has escuchado mi nombre?

¡Silvio Canto!

¡Él era Silvio Canto!

Patricia recordó las veces que su madre había hablado de él. Silvio había sido compañero de su mamá en la universidad. Era un joven brillante pero de origen muy humilde.

Elena convenció a la familia Pacheco de que financiaran sus estudios.

Con los años, Silvio construyó un imperio y tuvo mucho éxito, pero los abuelos de Patricia ya habían fallecido y la familia Pacheco había perdido gran parte de su fortuna.

Silvio decidió devolverle toda esa inmensa gratitud directamente a Elena.

Cada año, en fechas especiales y en el cumpleaños de su madre, este hombre enviaba regalos fabulosos para Elena, y siempre incluía algo para ella.

Patricia observó al hombre que tenía frente a sí. Era alto, extremadamente delgado y de tez muy pálida, dándole un aspecto algo frágil.

Sus ojos oscuros eran profundos, indescifrables y cargados de misterio.

Pero encontrar a alguien del pasado de su madre estando sola, en un país extranjero y en medio del peligro, fue como ver un milagro.

Aunque era la primera vez que lo veía en persona, se aferró a él como su última tabla de salvación.

—¿Un malentendido? —repitió Silvio en un susurro letal, ayudando a Patricia a levantarse. Miró la sangre que manchaba el suelo y le ordenó a su equipo—: Traigan una silla de ruedas. Y llamen a un médico.

Luego, lanzó una mirada cargada de furia hacia los hombres. Él había ordenado al director que armara una 'actuación', ¡no que la persiguieran a muerte!

Bajo la presión asesina de los ojos de Silvio, los hombres bajaron la cabeza, aterrorizados.

—Señores... ¿necesito explicarles lo que deben hacer? —preguntó Silvio con suavidad.

Todos los guardias cayeron de rodillas al mismo tiempo, arrastrándose por el suelo en sumisión total.

—¡Perdónenos, señor Canto! ¡Le juramos que no sabíamos quién era! Si hubiéramos sabido que la señorita estaba bajo su protección, ni en un millón de años nos atreveríamos a tocarla. ¡Le suplicamos que tenga piedad de nosotros!

Silvio volvió a mirar a Patricia. La frialdad desapareció de sus ojos, reemplazada por una genuina tranquilidad. —Pati, ¿puedo llamarte así?

Patricia asintió.

—Ellos te lastimaron. Dime qué quieres hacer con ellos, Pati. Tú decides, yo te respaldo.

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