Sin exagerar, en ese momento sintió que estaba viendo a un ángel.
Desde ese instante, quedó cautivado para toda la vida.
Su única tragedia fue haber regresado demasiado tarde. Había construido su fortuna desde cero en Estados Unidos, y para cuando por fin volvió a casa convertido en un hombre de éxito, Elena ya se había casado con otro y había dado a luz a Patricia.
Y la familia Pacheco, que tanto lo había apoyado en su juventud, había caído en desgracia.
Don Octavio y doña Mercedes de Pacheco habían fallecido en un trágico accidente automovilístico.
Después de enterarse, Silvio trasladó el centro de su imperio a Tailandia.
Él mismo se quedó a vivir allí durante años, temiendo que, de quedarse en Rosarito, no pudiera resistir la tentación de arruinar ese matrimonio por el amor que aún le guardaba.
Pero jamás imaginó que todo terminaría en una pesadilla.
¿Por qué?
¿Por qué no se quedó en Rosarito para investigar a fondo a ese tal Felipe Quiles?
Si tan solo se hubiera preocupado un poco más, Elena no habría muerto.
—Pati. —Silvio fijó sus ojos enrojecidos en Patricia—. Soy huérfano. Nunca me he enamorado, ni he tenido novia, mucho menos esposa o hijos. Déjame adoptarte. A partir de hoy, serás mi única hija.
Pero un hogar no era lo que Patricia buscaba; ella solo respiraba por la venganza.
Silvio, leyendo las intenciones en sus ojos, le preguntó directo al grano: —Sobre Felipe Quiles, ¿quieres que me encargue de destruirlo yo mismo o prefieres esperar a crecer para vengarte con tus propias manos?
Patricia apretó los puños con fuerza. —¡Quiero vengarme yo misma!
Silvio asintió, concediéndole su deseo: —De acuerdo, te ayudaré en todo. Entonces, ¿aceptas mi propuesta de ser mi hija?
—Gracias, papá —respondió Patricia, cambiando de inmediato la forma de llamarlo.
Felipe Quiles no merecía ser su padre, así que simplemente lo iba a reemplazar por uno mejor.
Además, si quería crecer a salvo, necesitaba apoyarse en el inmenso poder de Silvio Canto.
Tener un padre millonario y devoto no le traería más que beneficios.
Silvio sonrió y acarició suavemente el cabello de la joven. —Buena chica. A partir de hoy, serás el tesoro de papá, y nadie jamás volverá a atreverse a lastimarte. Seré tu escudo protector, me aseguraré de que crezcas sana y de que logres absolutamente todo lo que desees.
¿Su tesoro?


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