Afortunadamente, Silvio había logrado rescatar un palo de golf que algún compañero de la élite había botado a la basura, y con eso logró inscribirse en la clase obligatoria.
Mientras los otros estudiantes llevaban años de práctica en clubes privados y jugaban casi como profesionales, él ni siquiera sabía cómo sujetar el palo correctamente. Como era de esperarse, se convirtió en el hazmerreír del campo.
Desesperado por no quedarse atrás, se quedaba practicando a escondidas después de clases, hasta que una tarde Elena lo descubrió.
Elena comenzó a enseñarle con infinita paciencia. Siempre tenía una sonrisa radiante en su rostro, y su voz, dulce y alentadora, era como música reconfortante en sus oídos.
Él no encontraba la forma de pagarle tanta amabilidad, y como Elena notó que se sentía en deuda, le propuso un trato: a cambio de las lecciones de golf, él le daría tutorías para los exámenes, aprovechando que Silvio era el indiscutible número uno de la clase.
Al recordar aquella época de inocencia, los ojos de Silvio brillaron con una profunda nostalgia y ternura.
—¿De verdad pasó eso? —preguntó Patricia, sorprendida por la anécdota.
—Por supuesto que sí. Entonces, ¿vas a dejar que te enseñe o no?
—¡Sí! Gracias, papá.
...
El tiempo se escurrió como arena entre los dedos, y en un abrir y cerrar de ojos, Patricia cumplió catorce años.
Esa misma semana, Silvio fue hospitalizado. Su rostro había perdido color, reemplazado por un tono grisáceo y enfermizo, y su cuerpo se veía mucho más frágil que el del hombre imponente que ella había conocido.
El doctor revisaba los resultados de los exámenes con una expresión sombría. —Señor Canto, la situación es…
Silvio, sabiendo perfectamente lo que su cuerpo le gritaba, levantó una mano para cortarlo. —Lo sé muy bien, ahórrese el discurso. Puede retirarse. Mi hija está a punto de llegar y no quiero que descubra la verdad bajo ninguna circunstancia. Usted ya sabe qué decirle.
El médico asintió con pesadez y salió.
Segundos después, la puerta de la habitación se abrió de golpe y Patricia entró, con el rostro pálido por la angustia.
Se paró junto a su cama, mirándolo con un reproche cargado de preocupación. —¿Por qué eres tan terco? ¿No te he repetido mil veces que no debes tocar el alcohol? ¡Tu estómago no lo soporta!
—Tuve que asistir a una cena con unos inversionistas muy importantes —se justificó Silvio en voz baja.
—¡Eso no importa! —Patricia sintió un nudo en la garganta y sus ojos se llenaron de lágrimas de inmediato—. Eres uno de los pocos familiares que me quedan en este mundo, papá.
Ante esa confesión, el corazón de Silvio se encogió. Levantó la mano derecha. —Papá jura que jamás volverá a probar una sola gota de alcohol. Y si rompo esta promesa, que el destino me castigue negándome ver a la mujer que amo en la otra vida.
...
Un mes después, Silvio llevó a Patricia a un exclusivo club privado para cerrar un negocio millonario.
Como ya era su costumbre al salir de la mansión, Patricia iba camuflada con un sombrero elegante, gafas oscuras y mascarilla. Parecía una estrella de cine esquivando a los paparazzis.

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