Una semana después, contra todo pronóstico, el proyecto fue finalizado y entregado con un éxito rotundo.
Al hacerse pública la noticia, el mercado reaccionó con euforia. Las acciones de la empresa se dispararon hasta alcanzar el tope máximo en la apertura de la bolsa.
Los accionistas y los altos mandos, que días atrás exigían su cabeza, tuvieron que tragarse sus palabras.
Patricia había ejecutado una jugada maestra, demostrando una capacidad indiscutible. Nadie se atrevió a cuestionarla.
En la mansión Hernández.
Arturo veía las noticias con la mandíbula desencajada.
Patricia había declarado ante los medios que los documentos filtrados nunca fueron el corazón del proyecto, sino un señuelo cuidadosamente sembrado para despistar a la competencia.
Al escuchar eso, a don Arturo casi le da un infarto de coraje.
Hugo, hirviendo de furia al enterarse de que lo habían usado de tonto, salió a buscar a Patricia.
En ese momento, Patricia estaba en la gala de celebración. Llevaba un vestido de noche rojo despampanante, que delineaba sus curvas a la perfección y robaba el aliento de cualquiera.
Además, llevaba un delicado antifaz, lo que le daba un aire de misterio y seducción absoluta.
—¡Patricia! ¿Tú sabías lo de los documentos todo este tiempo? —le reclamó Hugo, acorralándola.
Patricia lo miró con una sonrisa cargada de ironía. —¿Tú qué crees?
Esa mirada, como si estuviera viendo a un idiota sin remedio, hizo que Hugo sintiera una humillación insoportable. Apretando los dientes, le siseó: —Patricia, no cantes victoria tan rápido. Si no quieres que el video de nosotros revolcándonos en la cama se haga viral, vas a tener que casarte conmigo.
Ahora que el proyecto había sido un triunfo total, Patricia estaba atornillada a la presidencia de la corporación.
Bajarla de su trono ya no iba a ser tarea fácil.
Y mucho menos tomando en cuenta que Arturo Hernández había renunciado y estaba fuera de la mesa directiva.
Tratar de regresar no solo sería una vergüenza pública para el viejo, sino que seguramente Patricia le cerraría las puertas en la cara.
Así que, en lugar de arrastrarse de regreso a la empresa para ser humillado, la mejor táctica de Hugo era obligarla a casarse. Una vez casados, buscaría embarazarla a como diera lugar.
De ese modo, ella jamás podría escapar de sus garras.
Y, al final del día, la Corporación Canto pasaría a manos de la familia Hernández.
Patricia, que ya tenía calculado hasta el último escenario, lo miró con suma tranquilidad. —Hugo, haz la prueba si te atreves.
Ver los ojos divertidos de Patricia y esa actitud de dominar absolutamente todo...
hizo que a Hugo se le helara la sangre. De repente, su inquebrantable confianza se derrumbó.

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