—Él me abrazaba todas las noches, me decía 'bebé', me juraba que yo era el amor de su vida y que jamás nos íbamos a separar —relataba la señora ante miles de espectadores.
—Y me repetía que estaba harto de esas chiquillas de plástico sin experiencia...
Esta vez, la humillación de Hugo alcanzó niveles épicos. Era el hazmerreír de todo el país.
Incapaz de soportar la vergüenza, decidió cobrar venganza y darle una lección a Patricia cueste lo que cueste. Su primer intento fue contratar a alguien para drogar su bebida.
Pero Patricia tenía ojos en la nuca y su equipo de seguridad era sumamente profesional.
Al ver que el plan de la droga fracasaba, Hugo perdió la cabeza y mandó a secuestrarla a la fuerza.
Patricia fue arrastrada hasta un escondite y arrojada frente a Hugo.
—Vaya, vaya, Patricia —dijo él, agachándose para tomarla bruscamente por la barbilla—. Ya que te da tanto asco que yo te toque, pues adivina qué: te voy a tocar. Y no solo yo. Mis amigos aquí presentes también van a tener su turno contigo, uno por uno.
Patricia recorrió la habitación con la mirada. Reconoció a los tipos: eran los herederos más ricos e influyentes de Tailandia.
—Hugo, ¿acaso tienes mierda en la cabeza? Esto es secuestro y agresión. Si los atrapan, no van a ver la luz del sol nunca más.
Todos los presentes estallaron en carcajadas como si les hubieran contado el mejor chiste del mundo.
—Ay, Patricia. ¿Quién crees que en este país se atrevería a tocarnos? —Hugo soltó una carcajada llena de arrogancia.
Hugo no era del todo estúpido. Si había invitado a toda esa banda de mirreyes, era justamente para asegurarse de que todos estuvieran implicados en el mismo delito. Así se cubrirían las espaldas mutuamente si las cosas se ponían feas.
Curiosamente, ninguno de ellos había visto el rostro de Patricia sin mascarilla.
Y todos morían de curiosidad.
Así que, con un par de palabras de Hugo, todos habían aceptado la invitación VIP.
Al verla por primera vez en vivo y en directo, todos se quedaron con la boca abierta, babeando ante su belleza irreal.
Ya ni siquiera hizo falta que Hugo los convenciera; estaban más que dispuestos a participar en la salvajada que su amigo proponía.
Hugo sentía que tenía el mundo a sus pies.
Si algo salía mal, el dinero y los contactos de todas sus familias combinadas eran más que suficientes para sobornar a cualquier juez.

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