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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 1080

Las negociaciones para la colaboración se cerraron con éxito. Como Patricia Quiles tenía información comprometedora sobre ellos, todos estuvieron dispuestos a cederle un mayor margen de beneficios. Además, este proyecto había sido conseguido originalmente por ella.

Bajo esas circunstancias, Patricia aún estaba dispuesta a dejar de lado los prejuicios y llevar a todos a crecer juntos. Esa visión y astucia no tenían nada que envidiarle a las de Silvio Canto.

Sin duda, era la digna heredera de Silvio.

Unos cuantos jóvenes herederos ricos, con los rostros llenos de moretones, estaban sentados a un lado. Observaban a Patricia, una jovencita tan hermosa como una flor, que mantenía la compostura y charlaba con gran soltura y elegancia entre un grupo de hombres mayores.

Esa escena era tan discordante como extraña.

Por fin se dieron cuenta de lo especial que era Patricia.

Ella no se parecía a ninguna de las mujeres que ellos conocían. Era hermosa, inteligente y tenía métodos implacables. Un hombre común ni siquiera captaría su atención; un hombre común jamás podría ser su rival.

Con los términos preliminares acordados, las familias se unieron para invitar a Patricia a cenar. Primero, como una disculpa formal; y segundo, para fomentar las buenas relaciones en el nuevo proyecto.

Los jóvenes herederos se cambiaron de ropa y se formaron en fila para disculparse con ella.

Las disculpas vinieron acompañadas de gran generosidad: antigüedades millonarias, cuadros famosos, joyas de alto valor, entre otros.

Patricia aceptó los regalos con elegancia, chocó su copa con ellos y sonrió con picardía: —Esta vez los perdono por respeto a sus mayores, pero que sea la última vez, ¿entendido?

Todos por fin comprendieron la verdadera naturaleza de Patricia. Aunque era joven y bella, poseía una experiencia y una frialdad que superaban con creces su edad. Era como una de esas matriarcas intocables: no podían ofenderla, ni mucho menos vencerla.

—Jefa, se lo juro, ya no me atrevo. Esa paliza que me dio dolió demasiado —dijo uno de ellos.

—Así es, Jefa. Aunque me dieran cien vidas, no volvería a faltarle el respeto. Su belleza no es para simples mortales como nosotros.

—Jefa, de ahora en adelante usted es como mi hermana mayor. Solo tiene que dar la orden y yo obedezco.

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