—Señorita Quiles, por favor, ponga sus condiciones.
Frente a Patricia, sentados como alumnos regañados, estaban los patriarcas de las familias más poderosas.
Hugo y sus amigotes jamás se imaginaron que Patricia llevaba una microcámara escondida en su ropa.
Desde el mismísimo momento en que la secuestraron, hasta que planearon la asquerosa idea de abusar de ella en grupo, toda la escena había sido transmitida en vivo a los celulares de cada uno de sus poderosos padres.
Si semejante escándalo se filtraba, la presión mediática sería tan bestial que, incluso con todos sus millones, sus hijitos terminarían pudriéndose en la cárcel. La única salida habría sido sacarlos del país para siempre, dejándolos en la ruina pública.
En plena era de las redes sociales, un video así destruiría sus imperios corporativos en cuestión de horas.
Podían ser ricos e intocables, pero nadie puede ganar una guerra contra el pueblo enfurecido.
Y si Patricia se había tomado la molestia de enviarles el video a ellos primero, era evidente que ya tenía a su disposición un ejército de abogados y la prensa lista para disparar.
Después de la brillante jugada que Patricia había demostrado con su mega proyecto, ninguno de estos viejos lobos se atrevía a subestimarla.
Además, el simple hecho de enviárselos por privado en vez de soltarlo a los medios indicaba una sola cosa: que el asunto podía arreglarse con dinero.
Todo tenía un precio.
Es por eso que los líderes de estas dinastías habían volado de inmediato al lugar de los hechos.
Mientras que los mirreyes todavía miraban a Patricia con actitud de "ya te cargó el payaso, mi papá te va a destruir", la realidad fue otra. Los padres, encolerizados, empezaron a sacar sus cinturones de cuero y a levantar sus bastones.
Los ricos herederos empezaron a recibir la paliza de sus vidas frente a Patricia. Corrían por todos lados, llorando como bebés, recibiendo cinturonazos limpios.
—¡Papá! ¿Qué te pasa? ¡Tienes que destrozar a esa mujer! ¡Me reventó la cara!
—¡Al que voy a destrozar es a ti, animal inservible! ¡Te pones de rufián y ni siquiera puedes ganarle a una muchacha! ¡Eres una basura!
—¡Abuelito, el bastón no es para pegarme, suéltelo, por favor!
—¡Ven para acá, desgraciado! ¡Si das un paso más te rompo las dos piernas!

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