En el jardín rebosante de flores, Patricia tomaba té mientras revisaba unos documentos de la empresa. Su asistente, Donad, tecleaba en su laptop sentada a un lado.
Una empleada se acercó rápidamente y se inclinó con respeto: —Señorita, ha despertado.
—¿Oh? —Patricia dejó la taza con curiosidad, le entregó los papeles a Donad y se puso de pie—. Vamos a verlo.
Donad sabía que Patricia había salvado a un hombre de procedencia desconocida. Recogió sus cosas y la siguió.
Al abrir la puerta de la habitación de huéspedes, el personal y los guardaespaldas entraron escoltando a Patricia.
Junto a la ventana había un hombre alto, descalzo y con el torso desnudo. Su postura era firme; su espalda, ancha y robusta; su abdomen, marcado; y sus piernas, largas. ¡Tenía un físico envidiable! Era el clásico cuerpo perfecto: espalda ancha, cintura estrecha y piernas largas.
—¿Ya despertaste?
Al escuchar la voz, el hombre se volteó. Tenía una expresión serena y una mirada profunda. —¿Quién es usted?
Su voz sonaba ronca, pero con un timbre sumamente magnético y atractivo.
Patricia esbozó una sonrisa: —Soy la dueña de esta casa y, además, quien te salvó la vida.
El hombre guardó silencio, como si estuviera sopesando la veracidad de sus palabras. A Patricia no le importó y continuó: —El mar te arrastró hasta mi playa privada. Una de mis empleadas te encontró, y fue mi médico de cabecera quien te suturó las heridas.
El hombre bajó la vista hacia las suturas en su cuerpo, sin que quedara claro si creía la historia o no, y solo dijo: —Muchas gracias.
—¿Cómo te llamas?
¿Cómo se llamaba? Esa era la misma pregunta que se había hecho desde el instante en que abrió los ojos, pero no encontraba respuesta.
Miraba el sol brillante por la ventana, pero su mente estaba en blanco. No lograba recordar nada. Tenía amnesia.
No sabía su nombre, de dónde venía ni qué había ocurrido. Todo era un inmenso vacío.
En el fondo de su memoria, solo quedaba el vago eco de una voz femenina y dulce que lo llamaba "Leo".

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