Enrique se instaló temporalmente en la Finca La Alborada. Pidiendo prestado el teléfono de una empleada, obtuvo mucha información a través de internet.
Sus heridas ya estaban casi curadas. De vez en cuando, cuando no tenía nada que hacer, ayudaba al personal de la finca con tareas varias: cuidar los jardines, cocinar, lavar y reparar vehículos...
Cuando Donad llegó a la finca, vio desde lejos a Enrique entrenando a unos cachorros de apenas un mes de nacidos. La perra de Patricia había tenido crías y, en ese momento, las pequeñas bolas de pelo rodeaban a Enrique, sentándose o levantándose según sus órdenes. Eran muy obedientes.
Al notar la mirada de Donad, Enrique le asintió de lejos a modo de saludo. Ella le devolvió el gesto y luego se dirigió al estudio de Patricia.
Colocó los documentos que traía sobre el escritorio y preguntó: —Jefa, ¿por qué lo dejó quedarse? No parece un hombre común.
Donad temía que Enrique le trajera problemas a Patricia, o que fuera un espía corporativo enviado por la competencia utilizando sus encantos. Su rostro y físico no tenían nada que envidiar a los mejores supermodelos internacionales. Si de verdad se trataba de una trampa de seducción...
Patricia, de pie junto a la ventana, observaba con una sonrisa cómo Enrique entrenaba a los perros en el césped. —Es bastante interesante.
No quedó claro si se refería a que Enrique en sí era interesante, o a su forma de entrenar a los perros.
Donad, un tanto confundida, murmuró un "Ah".
Patricia se dio la vuelta sonriente y se acercó al escritorio. —No te preocupes, lo observaremos unos días más. Y si de verdad es una trampa de seducción de la competencia, entonces yo seré la primera en disfrutarla, y luego...
No terminó la frase, pero la frialdad en su mirada lo dijo todo.
A decir verdad, juzgando únicamente por el aura y la forma de hablar de aquel hombre, no parecía ser el peón de nadie. Se asemejaba más bien al jugador que movía las piezas en el tablero.
Y esa era precisamente la razón por la que Patricia, aun sabiendo que él mentía, le había permitido quedarse en la finca. Quizá Enrique estaba en apuros, o guardaba un secreto inconfesable. Como fuera, tener a un dragón varado en sus aguas era una oportunidad caída del cielo.
Cuando Patricia y Donad salieron del estudio, se cruzaron con Enrique, quien saludó de inmediato: —Jefa, ¿va a salir?

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