Por suerte, Lucas solo hablaba por hablar; no tenía intención real de forzar a Nerea.
Sin embargo, aunque no pudiera llevársela a la cama, al menos pensaba cobrarse los «intereses». Tenía que registrarla para asegurarse de que no ocultara armas.
Obviamente, Nerea no se lo iba a permitir.
—Quita tus garras de encima —exigió con voz gélida, bajando la mirada hacia la enorme mano que él había posado en su cintura.
—Si te hago caso y las quito solo porque tú lo ordenas, perdería mi orgullo —respondió él, mirándola con una sonrisa cargada de doble sentido.
No solo no apartó la mano, sino que empezó a acariciarla con descaro.
A Nerea se le puso la piel de gallina. Le dio tanto asco que sufrió una arcada.
—¡Agh!
De hecho, logró vomitar un poco, salpicando la ropa de Lucas.
El rostro de él se ensombreció al instante, y escupió su nombre entre dientes.
—¡Nerea Galarza!
Esta vez fue el turno de Nerea para sonreír. Apoyó la cabeza contra la pared, mirándolo con un gesto frío y burlón.
—Das asco, Lucas.
Esa sonrisa era irritante y sus palabras aún peores. Lucas, hirviendo de coraje, apretó la mano y le dio un fuerte pellizco.
Nerea frunció el ceño y soltó un quejido.
Pero ella no era de las que se quedaban de brazos cruzados. Sin dudarlo, hundió los dedos directamente en la herida fresca del abdomen de Lucas.
—¡Ah! —rugió Lucas. Su rostro se puso pálido de inmediato y el olor a sangre inundó el baño.
—¡Ándale! A ver quién aguanta más —lo retó Nerea, con una mirada feroz.
Lucas soltó una carcajada llena de furia.
—Muy bien, Nerea. Eres tal como me gustas.
Diciendo esto, levantó la mano para agarrarla por el cuello y se inclinó, con toda la intención de robarle un beso a la fuerza.
Nerea le soltó un manotazo.
En un abrir y cerrar de ojos, ambos empezaron a pelear a golpes dentro del baño. Los dos tenían una complexión física parecida, y como ambos estaban heridos, la pelea era bastante pareja. Se atacaban sin piedad, dándolo todo en cada golpe.
—¡Ni en tus sueños! —respondió Nerea con los dientes apretados.
Estaban en un punto muerto, lastimándose cada vez más hasta acabar en un empate destructivo.
Lucas sacó el control del collar de descargas.
—¿Me vas a soltar o no?
Nerea recordó el consejo de la gente que la monitoreaba: no provocar a Lucas al extremo, debía protegerse. Lucas conocía bien su carácter; si de repente se volvía dócil, él sospecharía. Pero ahora, después de la pelea, era el momento perfecto. Ceder ahora no parecería fuera de lugar.
Fingió mirar el control con odio y, después de unos segundos, hizo parecer que se tragaba el orgullo y aceptaba la derrota, aprovechando la salida que él le daba.
—Soltamos al mismo tiempo —escupió ella.
Lucas a duras penas pronunció una palabra:
—Va.
Ambos aflojaron el agarre lentamente. Quizás porque la pelea los había dejado sin una gota de energía, ninguno de los dos intentó hacer una jugada sucia al soltarse.
Ambos terminaron sentados en extremos opuestos del baño, apoyados contra la pared y jadeando en busca de aire.

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