Una enorme mancha de sangre.
La escena era bastante escandalosa.
—¡¿Tanta sangre?! —exclamó Lucas, un poco asustado, ya que era la primera vez que veía algo así tan de cerca. Sus ojos reflejaban pura sorpresa—. ¿Estás segura de que no te vas a desangrar hasta morir?
En realidad, su flujo normal no era tan abundante. Este sangrado irregular era producto del desequilibrio hormonal. Solo necesitaba algo de tratamiento para regularlo.
Pero Nerea no se molestó en darle explicaciones.
—Desátame ya. Y necesito unas toallas femeninas —exigió Nerea apresuradamente.
Lucas seguía sin moverse. Una sonrisa ladeada apareció en su rostro.
—Suplícame.
—¡Lucas! —Nerea lo fulminó con la mirada.
La sonrisa de Lucas se ensanchó aún más. Lo estaba haciendo a propósito.
Nerea tembló de rabia. Le tomó un buen rato tragar su orgullo y fingir que cedía de mala gana.
—Te lo suplico.
—¿Esa es tu actitud para pedir un favor?
Nerea apretó los mandíbulas, mirándolo con unas ganas inmensas de asesinarlo con sus propias manos.
Luego, soltó la tensión de su mandíbula, respiró hondo y dijo lentamente:
—Por favor, Lucas. Desátame.
Sus ojos se llenaron de lágrimas de humillación. Se veía tan terca, pero a la vez tan vulnerable, que lograba ablandar el corazón de cualquiera.
—¿Puedes hacerlo, por favor? —insistió.
Finalmente, Lucas le quitó las esposas de las muñecas y los grilletes de los tobillos.
Una de las empleadas no tardó en llevarle unos pantalones limpios y las toallas sanitarias que ella misma usaba.
Nerea tomó la ropa y los artículos de higiene de las manos de la empleada y se dirigió a paso rápido hacia el baño.
Lucas caminó detrás de ella con las manos en los bolsillos.
Al darse cuenta, Nerea se dio la vuelta, mirándolo con incredulidad.
—¿Qué te pasa, enfermo? ¿También me vas a seguir al baño?
Lucas simplemente se recargó en la pared junto a la puerta del baño.
—Apúrate.
Casi al instante, la puerta se abrió de una patada. La frase de Lucas no había sido una advertencia, sino un aviso de lo que iba a hacer.
Se quedó de pie en el marco de la puerta, con la mirada fija en la mano de Nerea, que estaba extendida hacia el lavabo.
—¿Qué estás escondiendo?
—Nada —respondió Nerea. Realmente no había tomado nada todavía.
Pero Lucas no le creyó en lo absoluto. Dio un paso hacia adentro y, lentamente, la acorraló contra la pared.
Nerea pegó la espalda a los azulejos y levantó las manos, empujándolo del pecho para evitar que se acercara más.
—¿Tan urgido estás que quieres tocar a una mujer en sus días? —le espetó con sarcasmo.
—Si no lo hubieras mencionado, ni se me habría ocurrido. Pero ahora que lo dices... me dieron ganas de probar.
Lucas apoyó ambas manos en la pared, encerrándola, y acortó la distancia entre ellos centímetro a centímetro.
—Eres un asco, Lucas —dijo Nerea con frialdad, antes de levantar el pie y pisarlo con todas sus fuerzas, machacándole los dedos contra el piso.
Lucas soltó un siseo de dolor.
—Eres más salvaje que una gata callejera.

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