En la foto, el gran presidente Vega estaba sentado perezosamente en el sofá, vestido con ropa de casa color crema. A su lado colgaba un suero. Tras enfermarse, su rostro lucía demacrado, con el cabello alborotado y los ojos ligeramente enrojecidos, pero aun así desprendía un atractivo muy particular. No era de extrañar que Emilia González siempre lo llamara bombón. En el chat grupal, Federico escribió: [Es un bombón, confirmado.] Samuel respondió: [¿No que te habías salido del grupo?] Federico replicó: [Me cambié a modo fantasma. Ya me voy, seguiré leyendo en las sombras.] Samuel platicó un rato más con Nerea y luego le insistió en que se fuera a dormir y descansara, mientras él seguía trabajando horas extras. Por su parte, Federico fue quien contactó a Rocío. De pie frente al ventanal de su hotel, marcó su número. En realidad, Rocío se hospedaba en la habitación de al lado. Habían intercambiado números esa misma tarde en la habitación del hospital de Nerea. —¿Federico? —preguntó Rocío con sorpresa, y luego, recordando algo, añadió—: Ay, perdón, por mi culpa terminaste siendo tendencia en redes. —No pasa nada, ni siquiera soy del medio. Solo me preocupaba que te afectara a ti —respondió él, un poco apenado. —¿No se supone que a los famosos les aterran los rumores de romances? ¿Quieres que haga una transmisión en vivo para aclararlo? —No, para nada. Mientras más intentes aclarar las cosas, más se ensañarán los guerreros del teclado. Solo ignóralos, en unos días pasará la novedad. Federico no entendía nada del mundo del espectáculo, pero tras insistirle un par de veces, concluyó: —Bueno, si necesitas algo, me dices. No te quedes con la pena. —Gracias, Federico —rió Rocío—. Luego nos ponemos de acuerdo y te invito a comer. Antes de que terminara de hablar, se escuchó el murmullo de su asistente de fondo: «Para mí que eso de invitarlo es puro pretexto porque tienes antojo de ir a un buen restaurante». Rocío tapó la bocina del teléfono, por lo que su voz sonó amortiguada: «De verdad quiero agradecerle, no seas malpensada y dudes de mis buenas intenciones». Aunque intentó ocultarlo, Federico alcanzó a escucharla. Recordó lo que Nerea le había dicho antes: era un alma divertida. No podía negarlo, esa chica tenía su encanto. Sin darse cuenta, una sonrisa se dibujó en su rostro. *** Una semana después, se llevó a cabo el funeral de Nicolás. Álvaro miró a su hija con preocupación. —Nerea, ¿segura que no quieres que te acompañe? Ella negó con la cabeza, esbozando una leve sonrisa, y le entregó el gato. —Cuídame mucho a Florito. —¡Miau, miau! —maulló el animalito, resistiéndose a separarse de ella. Nerea acarició su cabecita peluda. —Tengo que ir a despedirme de un amigo, pórtate bien. Su pierna herida ya estaba casi curada; ahora podía mantenerse en pie y caminar despacio. Los guardaespaldas la llevaron en coche hasta la residencia de la familia Cabrera. Al bajarse, comenzó a caminar hacia la entrada. Alejandra recibió un aviso de los guardias de seguridad y salió a toda prisa. Al ver a Nerea, su rostro se tornó más frío que el hielo. Sin ningún tipo de cortesía, le bloqueó el paso, impidiéndole entrar al velatorio. —¿A qué vienes? Aquí no eres bienvenida. Nerea miró a lo lejos la fotografía de Nicolás en la sala y dijo con voz entrecortada: —Vine a despedirme de él. Al escuchar el nombre de su hermano, a Alejandra se le llenaron los ojos de lágrimas. Señaló hacia la calle y le gritó: —¡No te necesitamos, lárgate de aquí! Nerea bajó la mirada, con los ojos llorosos, y se disculpó en voz baja. —Lo siento mucho, Alejandra. —¡De qué sirven tus disculpas! ¡Mi hermano está muerto y nada me lo va a devolver! —En el trabajo, Alejandra siempre había sido una mujer madura, sensata y perfeccionista. Sin embargo, en ese momento, estaba histérica, perdiendo por completo los estribos a causa del dolor. Agarró a Nerea del brazo y empezó a jalonearla hacia la salida—. ¡Vete, aquí no eres bienvenida, nadie quiere verte!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio