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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 722

Como la pierna de Nerea apenas se estaba recuperando, no podía caminar bien. Ante los bruscos jalones de Alejandra, perdió el equilibrio y cayó sentada al suelo. —¡Alejandra, estás loca! —gritó Kevin mientras se acercaba a grandes zancadas. Había acudido en representación de la familia Rojas, y al ver la escena nada más llegar, se le hirvió la sangre de coraje. Se acercó rápidamente y ayudó a Nerea a levantarse, mirándola con preocupación. —¿Te lastimaste? ¿Te duele algo? —No, estoy bien —negó ella con la cabeza. Kevin se volvió hacia Alejandra, furioso. —¡Qué mosca te picó, Alejandra! Ella fulminó a Nerea con la mirada, apretando los dientes. —¡Sí, estoy loca! ¡El que se murió fue mi hermano, no el tuyo! ¡Lárguense todos, en esta casa no son bienvenidos! —Alejandra, solo eres la hija adoptiva, tú no mandas en la familia Cabrera —replicó Kevin, y luego soltó una carcajada burlona—. No te creas que no me he dado cuenta. A ti te gustaba Nicolás. Por eso le tienes tanto resentimiento a Nerea. ¿Pero qué culpa tiene ella? ¿Acaso Nerea lo obligó a ir a la misión? ¿Acaso ella lo mató? ¿Con qué derecho le echas la culpa de su muerte? El rostro de Alejandra cambió drásticamente. Entre su furia y frialdad, asomó un destello de pánico. Era cierto, ella era adoptada y no compartía lazos de sangre con Nicolás. Y sí, estaba enamorada de él. Pero la familia Cabrera siempre la había tratado con tanto amor que la consideraban una hija más. Por respeto a su posición y al cariño familiar, jamás había expresado sus sentimientos en voz alta ni había dado señales de ello. Creía haberlo ocultado a la perfección, sin que nadie lo notara. Por eso, al ser expuesta de repente por Kevin, no pudo evitar desconcertarse por un segundo. Sin embargo, rápidamente reprimió sus emociones. Nicolás estaba muerto y no permitiría que nadie manchara su memoria. —¡Kevin, eres un insensible! ¡Cómo te atreves a decir semejante barbaridad! ¡Soy su hermana mayor! —le gritó Alejandra con los ojos inyectados en sangre. Luego, señalando a Nerea, continuó—: ¿Y cómo no voy a culparla? Si ella lo hubiera rechazado de tajo, si le hubiera dejado claro que no quería nada con él y le hubiera roto toda esperanza, Nicolás jamás habría pedido que lo mandaran a esa misión. ¿A quién más voy a culpar si no es a ella? Nerea se quedó sin palabras, ahogada en la culpa y el remordimiento, pues sentía que Alejandra tenía razón. Era su culpa. Debió haber sido más dura al rechazarlo. No debió haber aceptado su amistad ni haber mantenido contacto con él. Todo era culpa suya. Con voz sumisa, Nerea se disculpó de nuevo. —Lo siento, Alejandra. De verdad lo siento. En ese momento, no sabía qué más decir aparte de pedir perdón. Su estado emocional ya era bastante frágil. Si además cargaba con la culpa de la muerte de Nicolás, terminaría por derrumbarse por completo. Kevin, desesperado, le dijo: —¡No le hagas caso a sus tonterías, no le pidas perdón! Tú no hiciste nada malo. La que está mal de la cabeza es ella. —¡El que está mal de la cabeza eres tú, Kevin! —estalló Alejandra—. ¡Lárguense de aquí! No los queremos en el funeral de mi hermano. —¿Qué es todo este alboroto? —se escuchó la voz de Jesús. El hombre se acercó y le dio unas palmadas en el hombro a Alejandra—. Tranquilízate, hija. No hagas un escándalo en el funeral de tu hermano, no lo dejas descansar en paz. —Papá... —las lágrimas de Alejandra comenzaron a brotar sin control. —Ve a descansar un rato —le dijo Jesús con voz suave para consolarla—. Pasaste toda la noche velándolo, necesitas reposo. Ya solo me quedas tú. Alejandra, a regañadientes, se dio la media vuelta y fue a descansar. —Lo lamento mucho, señor. Solo quería venir a despedirme de Nicolás —murmuró Nerea con la voz ronca y entrecortada. Sentía que no tenía cara para mirar a los padres de Nicolás, así que mantuvo la cabeza gacha, abrumada por la vergüenza y la culpa.

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