—Alejandra ya se fue y tú sigues aquí —dijo Kevin, tendiéndole la mano para ayudarla a levantarse—. Temía que perdiera la cabeza y te obligara a quedarte aquí haciéndole compañía a Nicolás.
Nerea entendió perfectamente la indirecta.
—El capitán Cabrera era un hombre con educación.
Kevin no quiso añadir más al respecto y preguntó:
—¿Ya nos podemos ir?
Nerea volteó a ver la foto de la lápida.
—Me voy, Nicolás. Vendré a visitarte cuando tenga tiempo.
El paraguas negro se quedó abandonado junto a la tumba.
Compartiendo un solo paraguas, Nerea y Kevin caminaron de vuelta al estacionamiento del cementerio.
Kevin le abrió la puerta del coche.
—Sube.
Nerea se dirigió a los guardaespaldas que esperaban en su propio auto:
—Síganme desde atrás, me iré con Kevin.
Una vez adentro, Kevin sacó una toalla limpia y se la echó sobre la cabeza.
—Sécate el pelo.
Inmediatamente, le indicó al chofer:
—Súbele a la calefacción.
El interior del coche no tardó en entrar en calor.
Nerea se frotó el cabello suavemente, bajó la mirada y, tras pensarlo un momento, finalmente rompió el silencio:
—Kevin, deja de aferrarte a mí. De quien estoy enamorada es de tu hermano. En cuanto regrese, me voy a casar con él. Y entonces, seré tu cuñada de verdad.
Kevin sabía perfectamente por qué le soltaba eso de repente. Seguro era por lo que Alejandra había estado gritando ese día.
—No te tomes a pecho lo que dijo Alejandra —respondió—. La muerte de Nicolás no fue culpa tuya. Él fue quien se enamoró de ti y él mismo tomó la decisión de irse a Estados Unidos.
—Pero yo salí beneficiada de todo esto. Creo que Alejandra tiene razón: si no sientes lo mismo por alguien, hay que cortar por lo sano para que la otra persona pierda toda esperanza. No se debe dejar ni un rastro de ilusión.
Antes, cuando se le declaraban, aunque los rechazaba de forma directa, los hombres no lo aceptaban, no se rendían y seguían insistiendo. Ella siempre pensó que eso no era su problema, así que lo dejaba pasar sin tomar medidas más drásticas para hacerles entender.


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