En el cementerio. Una llovizna fría y deprimente comenzó a caer del cielo. Todos se habían marchado, quedando únicamente Alejandra y Nerea. Alejandra la miró con frialdad. —¿Qué haces todavía aquí? Nerea se inclinó y colocó su paraguas negro sobre la lápida para protegerla de la lluvia helada. —¿Y tú por qué te quedaste? Alejandra no respondió. Observó el gesto de Nerea y soltó una risa burlona. —El muerto ya está bajo tierra. ¿De qué sirve todo eso? Solo lo haces para sentirte menos culpable. Nerea no intentó defenderse. Había caminado demasiado ese día y su pierna le dolía a horrores; al no poder mantenerse en pie, se sentó junto a la tumba. —¡No te sientes junto a la tumba de mi hermano, lárgate! Nerea levantó la vista hacia Alejandra. —Alejandra, Nicolás te está escuchando. —¿Que me está escuchando? Alejandra estalló en carcajadas, y mientras reía, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. De pronto, su expresión se volvió sombría y gritó: —¡Y a mí qué me importa si me escucha! ¡Si tan valiente es, que salga de su tumba y venga a reclamarme! ¡Quiero insultarlo en su cara! Alejandra la miró con los ojos inyectados en odio y le escupió cada palabra con furia: —¡Eres un ave de mal agüero, todo esto es por tu maldita culpa! Si no fuera por ti, ¡jamás habría ido a esa misión a buscar la muerte! ¡Habiendo tantos soldados, ¿por qué tenía que ir él?! Él sabía muy bien cómo sufrimos la última vez... Cuando quedó en coma, la familia casi se muere de tanto llorar. Ya habíamos sentido lo que era perderlo. En aquel entonces, ella ya le había llorado. ¿Por qué tenía que hacerla pasar por eso otra vez? Cuanto más lo pensaba, más le dolía; el dolor se convertía en frustración y la frustración en desesperación, hasta que terminó gritando a todo pulmón. —¿Por qué? ¡¿Por qué no valoró a su familia?! ¡¿Por qué nos hizo pasar por este infierno otra vez?! ¡Nicolás! —le gritó a la fotografía en la lápida, con el rostro desfigurado por la rabia—. ¡Te odio! ¡Te odio con toda mi alma! Después de desahogar toda su furia, el pecho de Alejandra subía y bajaba agitadamente, mientras respiraba con dificultad y las lágrimas no dejaban de caer. La enorme presión que le aplastaba el pecho pareció desvanecerse en ese instante. Sin embargo, en su lugar quedó un vacío inmenso, un agujero por el que se colaba el frío. Pasó un largo rato antes de que se limpiara las lágrimas. La mirada llena de rencor y agonía se fue apagando hasta convertirse en un vacío absoluto. Clavó los ojos en la lápida, esta vez sin el tono histérico de antes, y murmuró con voz ronca y serena: —¡Nunca te lo voy a perdonar, Nicolás! Alejandra le guardaba rencor a él, pero también odiaba a Nerea. Se dio la media vuelta y abandonó el cementerio sin mirar atrás. Nerea no apartó la vista hasta que la figura de Alejandra desapareció por completo. Luego, giró la cabeza hacia la foto de Nicolás. En la imagen, lucía tan guapo como siempre, con una leve sonrisa que irradiaba una actitud libre y arrogante. —Nicolás, no le hagas caso a tu hermana, lo dijo por coraje. Te quiere demasiado. No te preocupes, fue mejor que lo sacara todo; guardarse las cosas hace más daño. Y sobre tu abuela, ya la llevaron al hospital, se pondrá bien. También les di el mensaje a tus padres, tal como me pediste. Yo me encargaré de cuidar a tu familia y a tus compañeros, diles que pueden estar tranquilos. Poco a poco, la voz de Nerea se fue apagando, como si estuviera exhausta. Apoyó la cabeza en la lápida y susurró: —Nicolás... cómo quisiera que esto fuera solo una pesadilla. Ojalá pudiéramos volver el tiempo atrás. —Sentada en el suelo y bajo la lluvia. Vaya, Nerea, ¿acaso crees que tienes salud de sobra? De pronto, un paraguas negro la cubrió, protegiéndola de las gotas que arreciaban. Nerea levantó la mirada perezosamente. Kevin la observaba con el ceño fruncido y cara de pocos amigos. El invierno era helado, y con la lluvia la temperatura había caído en picada; al estar el cementerio en las afueras, en una zona alta, el frío calaba los huesos. Nerea tenía el cabello empapado. Kevin estaba furioso al ver cómo descuidaba su salud; si se enfermaba, le iría muy mal. —¿Qué haces tú aquí? —preguntó Nerea.

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