A Luciana no le importaba si sus métodos para ascender socialmente eran sucios; solo le interesaba el resultado.
Al escuchar las voces al otro lado de la puerta, la del mesero y la de Liam conversando, se apresuró a encender un incienso aromático.
Luego, cubriéndose la nariz y la boca, se coló de puntillas en el baño y cerró la puerta.
El mesero se inclinó respetuosamente. —Señor Santillán, lo esperaré aquí afuera.
Liam asintió, pero justo cuando estaba a punto de entrar, apareció Nerea.
Como ese día la casa de los Encinas estaba llena de gente y el trabajo no paraba, la medicina del viejo Encinas aún no había sido entregada.
Por suerte, Nerea también quería evitar seguir mirando a la señora Quiles, quien le recordaba demasiado a la difunta abuela Encinas.
Así que se ofreció como voluntaria para ir a ver qué pasaba con la medicina y llevársela al abuelo.
Ambos se encontraron en el pasillo.
Liam se detuvo por un instante.
Nerea se acercó y le preguntó: —¿Qué pasó, Liam?
El mesero, a un lado, comenzó a sudar frío, aterrorizado de que sus planes se arruinaran por este imprevisto.
Liam esbozó una pequeña sonrisa y explicó: —Me derramaron té encima, venía a cambiarme de ropa.
A pesar de que había calefacción dentro de la casa, estaban en pleno invierno; quedarse con la ropa mojada era una receta segura para un resfriado.
Nerea lo urgió a que entrara a cambiarse rápido.
Liam asintió, giró el pomo y entró en la habitación.
La puerta se cerró detrás de él.
Nerea dio dos pasos para marcharse, pero de repente se detuvo. Giró la cabeza hacia la puerta cerrada, frunciendo el ceño con sospecha.
Mientras tanto, dentro de la habitación, Liam ya se había quitado la ropa húmeda.
"Clic..." La puerta del baño se abrió lentamente a manos de Luciana.
Al escuchar el sonido, Liam se dio vuelta, confundido.
Luciana salió del baño completamente desnuda.
El cuerpo de la joven de diecinueve años tenía una piel de porcelana, tan delicada y hermosa como una flor en su máximo esplendor.
Y además, Luciana no estaba nada mal; medía un metro setenta y lucía unas piernas largas y estilizadas.
—¡Ah!
Luciana soltó un grito ahogado, fingiendo estar horrorizada. —¿Quién eres? ¿Cómo te atreves a entrar en la habitación de otra persona?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio