La comisaría concluyó la investigación.
Había varias huellas en la tapa del quemador de incienso, pero estaban cubiertas por las de Luciana Encinas.
Esto demostraba que ella había sido la última en tocarlo.
La policía también descubrió que Luciana había realizado una gran transferencia de dinero al mesero.
Tras un breve interrogatorio, el empleado confesó todo y la delató.
Este tipo de incidentes podían clasificarse desde un intento de agresión hasta un simple conflicto de pareja, dependiendo de lo que deseara la víctima.
Al fin y al cabo, estaban involucradas dos grandes familias: la familia Encinas y la familia Santillán.
Aunque la familia Santillán no formaba parte de la alta aristocracia de Puerto Rosales, sí que eran figuras sumamente influyentes en Puerto San Martín.
La resolución del caso quedaba en manos de ambas partes.
Así que los policías se retiraron, dejándoles la sala de mediación para que lo discutieran a solas.
Al escuchar el sonido de la puerta cerrarse, Luciana tembló, pálida como un fantasma.
Las piernas le fallaron y cayó de rodillas, llorando y suplicando desesperada: —¡Señor Santillán, perdí la razón! Fui una estúpida ambiciosa al aspirar a alguien como usted. No lo hice con mala intención, es que estoy enamorada, tan enamorada que no pude contenerme. ¡Señor Santillán, lo siento, perdóneme! Le juro que no volverá a pasar.
Con las manos en los bolsillos y una postura impecable, Liam Santillán la miró desde arriba con frialdad. —No es como si no te hubiera dado oportunidades antes.
Luciana seguía llorando, casi arrastrándose en el suelo: —Fui una idiota, creí que podría salirme con la mía. Solo quería dejarle una buena impresión. Señor Santillán, de verdad lo admiro demasiado. Perdóneme, se lo ruego, deme una última oportunidad.
Los padres de Luciana también se arrodillaron.
Ricardo Encinas imploró: —Señor Santillán, la culpa es mía por no haberla educado bien. Lo siento muchísimo. Le ruego que sea magnánimo y nos perdone esta vez.


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