Yolanda Linares cambió el tono de voz: —Haz que tu inútil hija le pida perdón a Nere. Hasta hace un momento intentaba difamarla y arrastrarla en su caída.
—Sí, sí, por supuesto.
Ricardo Encinas agarró bruscamente a Luciana y le empujó la cabeza hacia abajo para que se disculpara con Nerea.
—¡Ah! —gritó Luciana de dolor.
Su grito fue agudo y ensordecedor.
Nerea frunció el ceño con desagrado: —Suéltala, no necesito sus disculpas.
Ricardo soltó a Luciana con evidente nerviosismo.
Ella levantó la cabeza, desaliñada y con el rostro manchado de sangre.
Tras esa mirada oscurecida por la sangre se escondía un odio y un resentimiento profundos.
Si no hubiera sido por Nerea, ya habría consumado el acto; tal vez con una sola noche habría sido suficiente para quedar embarazada del señor Santillán.
—Oye, ¿y esa mirada qué? —le gritó Martina indignada—. ¿Acaso estás odiando a mi hermana Nerea?
Luciana bajó la mirada de inmediato para ocultar sus emociones y negó frenéticamente: —No, no, para nada.
Liam entrecerró los ojos y se dirigió a Yolanda: —Señora Linares, no acepto sus disculpas. Que la justicia se encargue de ella como corresponde.
Con la postura firme de Liam, la policía se llevó a Luciana. Lo que le esperaba ahora era una sentencia en prisión.
Fuera de la comisaría.
Yolanda le preguntó a Nerea: —Nere, ¿vuelves a la casa de la familia Encinas?
Yolanda sabía que Nerea había comprado una casa en Puerto Rosales y que no sentía ningún apego por la familia.
Todo lo que había hecho hasta ahora era exclusivamente por respeto a Álvaro.
Nerea negó con la cabeza: —Tía Yolanda, no regresaré hoy.
Yolanda la comprendió y asintió: —Está bien, le diré al conductor que te lleve.
—No es necesario, señora —intervino Martina enlazando su brazo con el de Nerea cariñosamente—, mi hermano nos llevará.



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