El supuesto "espectáculo" que mencionaba el rico empresario no era otra cosa que peleas de boxeo, pero en su versión más salvaje.
Sin ningún tipo de equipo de protección, ni siquiera guantes. Solo a puño limpio, golpeando hasta reventar la carne.
Sin reglas, sin límites. Salvo matar al oponente, todo estaba permitido.
Por eso el cuadrilátero estaba bañado en sangre.
El club también tenía su propia zona de apuestas para los clientes.
En su país no existían lugares así. Incluso en las peleas clandestinas había un código.
Pero sin reglas que los detuvieran, los luchadores en el ring parecían dos bestias salvajes despedazándose.
El público estaba completamente desquiciado, excitado por el olor a sangre. Risas macabras, gritos rabiosos e insultos llenaban cada rincón del club.
El perdedor ya se había rendido.
Pero, aun así, el ganador procedió cruelmente a fracturarle brazos y piernas. Los alaridos del hombre derrotado quedaron sepultados bajo la euforia enfermiza y los sucios insultos del público.
Aun así, el vencedor no tenía intención de detenerse.
Agarró la cabeza del perdedor y comenzó a estrellarla brutalmente contra el suelo del ring, una y otra vez, hasta dejarle el rostro desfigurado y cubierto de sangre.
El ambiente llegó al éxtasis. Billetes comenzaron a llover sobre el cuadrilátero desde todas direcciones.
No fue hasta que el perdedor apenas respiraba, inerte en el suelo, que el árbitro se acercó. Revisó su pulso y declaró el fin del asalto.
Demasiado sangriento, demasiado sádico. A Emi se le revolvió el estómago.
El señor Reyes reía a carcajadas; él también acababa de tirar dinero al aire.
En aquel lugar, el dinero perdía su valor; parecían simples papeles.
Reyes le preguntó a David Aranda entre risas: —¿Qué le parece, licenciado Aranda? ¿A poco no es emocionante? Yo sabía que este peleador iba a ganar.
David esbozó una sonrisa cortés. —Tiene usted muy buen ojo, señor Reyes.
Reyes soltó otra carcajada y le ofreció amablemente un puro a David.
David apenas levantó la mano cuando Emi interrumpió con tono lúgubre: —Jefe, la jefa me encargó que lo vigilara. Si lo dejo fumar, me va a romper las piernas.
David soltó una tosecita algo incómoda, agitando la mano para rechazar el puro. —Señor Reyes, la verdad es que no fumo.
El señor Reyes pensó que David le tenía pánico a su mujer, así que miró a Emi con una sonrisa burlona. —Abogada González, los puros no cuentan como cigarrillos.


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