Justo en ese momento, el celular de Héctor Omar sonó.
Era el responsable del Aeropuerto Internacional de Rosarito.
El avión privado en el que viajaba Leonardo acababa de aterrizar.
La puerta de la cabina del jet privado se abrió y Patricia Quiles se paró en el umbral, inclinando un poco la cabeza para dejar que el brillante sol calentara su rostro.
Respiró profundo y suspiró: —A los diez años me enviaron a Tailandia, han pasado quince años y al fin he vuelto.
Dicho esto, se puso lentamente unos lentes de sol, dibujó una sonrisa en sus labios pintados de rojo y descendió por la escalinata.
Leonardo caminaba a su lado, sosteniendo un paraguas para protegerla del sol, cumpliendo con su papel a la perfección. Él le preguntó: —¿Por qué te enviaron al extranjero?
—Porque estoy loca, tengo problemas psiquiátricos. —La propia Patricia se rio de sus palabras.
Pero entre sus risas, una lágrima se deslizó por el rabillo del ojo. La risa de Patricia cesó de inmediato, dejando solo el sonido del viento.
Leonardo levantó una ceja. —¿Problemas psiquiátricos?
Aunque Patricia no parecía tan inocente e inofensiva, y a veces podía ser bastante despiadada, decir que estaba "loca" no encajaba con ella.
—Felipe Quiles, mi padre, engañó a mi madre con su mejor amiga, Marisa Peñalosa. Marisa fue a la casa a provocarnos y provocó la muerte de mi madre y la de mi hermano menor que ni siquiera había nacido. Felipe no solo no hizo justicia, sino que aprovechó para quedarse con los negocios de mi abuelo materno y terminó casándose con la mismísima mujer que causó todo eso.
»Yo era pequeña, solía tener ataques de furia en casa. Quería matar a Marisa Peñalosa para vengar a mi mamá y a mi hermano. Así que ella me arrastró a un hospital psiquiátrico donde me diagnosticaron "trastorno de personalidad antisocial". Que soy agresiva, que en los peores momentos podría asesinar a alguien... ¿Te doy miedo?
La expresión de Leonardo se mantuvo imperturbable, sin mostrar ninguna emoción.
Patricia soltó un ligero chasquido con la lengua. —Qué aburrido, ni siquiera sabes fingir que estás asustado.
—¿Entonces por qué dijiste antes que necesitabas que fingiera ser tu novio para lidiar con los ancianos de tu familia?
Por lo que acababa de escuchar, ¿qué familia le quedaba para respetar?
Patricia asintió levemente con un "Oh". —Te mentí, es que te vi tan guapo, con tan buen cuerpo, que quise conseguirme un novio así por las buenas.


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