Cristian Vega también asistiría al cumpleaños de don Sergio Maldonado al día siguiente y estaba allí para elegir un buen regalo.
—Qué coincidencia —saludó Cristian, tomando la iniciativa.
Leonardo, con rostro inexpresivo, respondió secamente:
—Sí, coincidencia.
Cristian Vega era el hombre más rico de LatAm. Su rostro era una llave maestra en cualquier lugar de lujo. El gerente de la casa de subastas, al enterarse de su llegada, salió personalmente a recibirlo.
Al ver a Leonardo y a Nerea junto a él, el gerente asumió que venían juntos.
—Por aquí, por favor, distinguidos invitados —los guio con una reverencia.
Nerea sonrió ligeramente y aclaró:
—Señor gerente, hay un malentendido. No venimos juntos.
Aun así, para el gerente, cualquiera que pudiera entablar una conversación casual con Cristian Vega era alguien de sumo respeto.
Mantuvo su actitud deferente y no se atrevió a menospreciarlos.
El gerente los escoltó personalmente al salón principal y les entregó el catálogo de la subasta del día.
Leonardo hojeó el catálogo. Todas las piezas a subastarse tenían una historia impresionante y un valor incalculable.
En ese momento, la dulce voz de Sofi resonó a su lado.
La niña señalaba un collar en el folleto.
—Mamá, esa joya es muy bonita.
Nerea acomodó a Sofi en sus brazos y le respondió con voz cálida:
—Entonces mamá te lo comprará. Así podrás usarlo cuando seas grande.
—Mamá, ¿eso cuesta mucho dinero?
—No, mi amor, no cuesta mucho.
Aunque a Nerea no le pareciera caro, Leonardo sabía perfectamente que sus miseros dos millones no alcanzarían ni para la caja del collar.
Después de pensarlo un instante, sacó su celular y le envió un mensaje a Kevin.
Leonardo: [Kevin, soy tu hermano Leonardo. Transfiéreme algo de dinero. Tampoco necesito demasiado, envíame un par de cientos de millones. Es urgente.]
Minutos después, el teléfono de Nerea comenzó a sonar. Era Kevin.
Una vez que habían encontrado a Leonardo a salvo, Nerea sacó a Kevin de su lista de contactos bloqueados.
Sabía que el estado de salud de Leonardo debía informarse a la familia Rojas. Sin embargo, la abuela Solano ya era mayor y se encontraba en una capilla en la montaña meditando.
Nerea temía que la anciana se alterara demasiado al recibir la noticia de golpe y sufriera algún percance; las montañas no contaban con buena atención médica y el hospital estaba lejos.
Para evitar riesgos innecesarios, decidió comunicarse primero con Kevin.
—¿Le mandaste un mensaje a Kevin?
Leonardo le quitó el teléfono de las manos.
—Bueno, soy Leonardo. Yo te mandé el mensaje.
Al escuchar esa voz tan familiar, Kevin se quedó paralizado un segundo antes de murmurar:
—Hermano...
Esa simple palabra resonó en el pecho de Leonardo, provocándole una sensación extraña y cálida. Respondió con un suave «Sí».
Al tener amnesia, además de ese «sí», no supo qué más decir.
Terminaron la llamada y Leonardo le envió su número de cuenta. Como estaba usando la cuenta a nombre de Enrique Rojas, su identidad temporal, Kevin tuvo que volver a llamar para verificar los datos.
—¿Por qué le llamas a tu cuñada otra vez? —preguntó Leonardo, entrecerrando los ojos, sospechando que Kevin solo buscaba excusas para coquetear con su esposa.
Kevin, por supuesto, notó a la defensiva a su hermano. Aunque había perdido la memoria, su instinto de proteger a Nerea seguía intacto.
Ahora entendía por qué Nerea estaba tan enamorada de Leonardo.
Había perdido en el amor, pero no era por falta de mérito propio.
El día anterior, cuando Nerea y Leonardo se despidieron en el aeropuerto, ella había llamado a Kevin para ponerlo al tanto de todo.

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