—Santi, ¿quiénes son ellos? —preguntó Marisa Peñalosa, fingiendo no saber, mientras lanzaba miradas sutiles hacia Nerea Galarza, sin perder la compostura.
Su manejo de las apariencias era muy superior al de Renata Quiles.
Renata había pasado todo el día encerrada; aunque no había sufrido maltratos en la comisaría, seguía hirviendo de rabia.
Al ver a Nerea, la miraba como si fuera su peor enemiga.
Nerea se dio cuenta, pero no le prestó la más mínima atención, manteniendo una expresión de total indiferencia.
Como si para ella no fueran más que una molestia insignificante.
Esa actitud solo enfureció aún más a Renata.
Estaba convencida de que Nerea se estaba aprovechando del poder de la familia Maldonado para humillarlas.
Santi notó la furia en la mirada de Renata, pero respondió con una sonrisa cordial: —Les presento a la señorita Nerea Galarza, quien nos visita desde Puerto San Martín, junto a su familia. La señorita Galarza es una invitada de honor, invitada personalmente por el señor Sergio.
—Ya veo —respondió Marisa asintiendo con una sonrisa forzada—. Nos volvemos a encontrar, señorita Galarza.
Debido a todo lo ocurrido con Isabel Echeverría y su familia, Nerea sentía un profundo desprecio hacia las amantes que destruían hogares.
A pesar de que Marisa ahora disfrutaba de riqueza y reconocimiento en la alta sociedad de Rosarito,
eso no borraba el hecho de que había empezado como la amante.
Nerea la ignoró por completo y se dirigió a Santi: —Santi, sé que hoy estás muy ocupado, no te preocupes por mí. Puedo entrar sola.
En los pocos minutos que llevaban charlando, una caravana de autos lujosos comenzó a llegar.
Como el anfitrión del evento, Santi no podía permitirse descuidar a los nuevos invitados.
Casi todos los asistentes de esa noche eran figuras prominentes de Rosarito y debían ser recibidos adecuadamente.
Sin dedicarle ni una mirada más a Marisa y su hija, Nerea y Leonardo Rojas entraron en el gran salón de la mansión.
—Mamá, ¿has visto qué insolente? —se quejó Renata, frunciendo el ceño y mirando la espalda de Nerea con desprecio.
Marisa entrecerró los ojos, ocultando sus verdaderas intenciones, y tras unos segundos de silencio, dijo: —Vamos.


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