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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 842

Nerea Galarza llevó a Leonardo Rojas y a Sofi a presentar sus respetos a Doña Teresa de Maldonado.

Doña Teresa estaba rodeada de varias damas de la alta sociedad, engalanadas con joyas y trajes deslumbrantes.

Al ver a Nerea, la anfitriona se acercó de inmediato y le tomó las manos con cariño, preguntándole por su bienestar con gran afecto.

Las aristócratas presentes comenzaron a observarla sutilmente, intrigadas por descubrir la identidad de aquella mujer.

Nerea se dejó examinar con absoluta tranquilidad y elegancia.

Doña Teresa se apresuró a presentarla: —Les presento a la persona de la que tanto les he hablado: la doctora Galarza, cuyas habilidades con la medicina natural son un verdadero milagro. Ella es una invitada de honor tanto mía como de mi esposo.

En este mundo, ¿quién podía garantizar que jamás se enfermaría?

Tener un amigo con habilidades médicas tan extraordinarias era como tener un seguro de vida extra.

De inmediato, las elegantes damas se apresuraron a saludar a Nerea con amables sonrisas y gestos corteses, buscando ganar su simpatía.

Nerea correspondió a los saludos de cada una y luego aprovechó para presentar a Leonardo y a Sofi.

Cuando Doña Teresa se enteró de que Sofi era hija de Nerea, no dudó ni un segundo; se quitó su valiosa pulsera de jade y se la puso en la pequeña muñeca de Sofi como regalo de bienvenida.

Sabiendo que las joyas de Doña Teresa no eran para nada económicas, Nerea intervino: —Doña Teresa, esto es demasiado valioso.

Para Doña Teresa, una pulsera no significaba gran cosa; lo que realmente le importaba era el vínculo afectivo con Nerea.

La anfitriona sonrió y respondió: —Tu pequeña Sofi es preciosa. Esos grandes y brillantes ojos me derriten el corazón. Estoy segura de que cuando crezca será una verdadera belleza. Y las joyas hermosas están hechas para adornar a personas hermosas.

Leonardo se inclinó hacia Sofi y le susurró: —Sofi, dile gracias a la abuelita.

—Gracias, abuelita hermosa —respondió la pequeña con una voz dulce y tierna que derretía a cualquiera.

—¡Ay, qué encanto! ¡Esa boquita tuya sabe cómo endulzar los oídos!

Doña Teresa no podía dejar de sonreír. Si antes había regalado la pulsera por cortesía hacia Nerea,

después de escuchar ese «abuelita hermosa», lo hizo de todo corazón.

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