Doña Elena Valente rápidamente sacó su celular, buscó la foto y se la mostró a Nerea.
La niña de la foto tendría unos tres o cuatro años, llevaba un vestido de princesa y zapatos elegantes, la moda de aquel entonces.
Sus rasgos eran muy parecidos a los de Sofi, aunque no idénticos.
Un seis o siete de cada diez.
Pero Doña Elena extrañaba tanto a su hija, y estaba tan desesperada por encontrarla, que entre más la miraba, más se convencía del parecido.
"Señorita Galarza", la miró Doña Elena con urgencia. "No le miento, son como dos gotas de agua".
Nerea le devolvió el celular y dijo: "Doña Elena, es cierto que Sofi no es mi hija biológica. Tiene a su propia madre y a su propio padre".
Al escuchar esto, Doña Elena agarró la mano de Nerea y se la apretó con fuerza. "Entonces, por favor, ¿dónde está su madre? Quisiera..."
Hizo una pausa y con la voz quebrada terminó la frase: "Quisiera verla".
Desde el momento en que vio a Sofi, tuvo el fuerte presentimiento de que era hija de su Lulú.
Pensar en su pequeña extraviada le causaba un dolor punzante en el corazón, y su mirada hacia Sofi se volvió cada vez más triste y angustiada.
Nerea podía sentir y comprender el dolor de Doña Elena; el amor de madre es universal.
Pero...
La madre de Sofi había muerto en el parto.
Si la madre de Sofi no fuera la hija perdida de la familia Valente, estaría bien. Pero si lo era, ¿qué pasaría?
Encontrar a su hija solo para sufrir el dolor de perderla al instante.
Era demasiado cruel para una madre.
Nerea estaba en un dilema.
"¡Señorita Galarza!", suplicó Doña Elena con los ojos llorosos. "Se lo ruego, dígame. ¿Es ella? ¿Cómo ha vivido estos años? Todas las noches sueño con cómo era de niña, y luego la sueño con la cara llena de sangre. Mi corazón sufre un tormento diario. No hay un solo momento en que no desee encontrarla. Señorita Galarza, por favor".
Incapaz de contenerse, Doña Elena rompió a llorar en voz baja.
Doña Teresa le sirvió un vaso de agua fresca.
Nerea volvió a sentarse y le dijo: "Doña Elena, tiene que prepararse mentalmente".
"Estoy lista", respondió Doña Elena, aferrando el vaso con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. "Dígamelo".
Nerea la observó por unos segundos y finalmente dijo: "La madre de Sofi ya está en un lugar mejor".
Sabiendo que Sofi estaba presente, lo dijo con mucha delicadeza.
Sin embargo, los adultos entendieron perfectamente.
El vaso cayó a la mesa y se hizo añicos con un estruendo seco.
En ese momento, lo que se rompió no fue el cristal, sino el corazón de una madre.
Desde la desaparición de la hija menor, la familia Valente había apoyado incansablemente a la policía para desmantelar redes y rescatar a innumerables mujeres y niños.
Durante ese tiempo, en la búsqueda de su pequeña, Doña Elena y su esposo habían participado personalmente en muchos operativos.

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