Nerea, manteniendo esa calma escalofriante, miró fijamente a Renata y dijo: "Renata".
Al escuchar su nombre, Renata sintió el peso de decenas de miradas clavadas en ella, como si estuviera a punto de asfixiarse.
Miró a Nerea aterrada, sin comprender cómo había logrado escucharla.
¡Estaba segura de que había hablado en voz baja!
Cuando Nerea la señaló, Doña Teresa aún tenía dudas de si había sido ella, pero al ver la expresión de pánico en el rostro de la chica, no le quedó la menor duda.
Con una mirada implacable, Doña Teresa repitió: "Renata".
Al ser confrontada por partida doble, Renata empezó a sudar frío, con la mente totalmente en blanco.
¿Qué debía hacer?
¿Cómo se suponía que debía salir de esta?
Justo en ese momento crítico, apareció Marisa Peñalosa, abriéndose paso en sus elegantes tacones.
"Señorita Galarza, acusa a mi hija de esparcir rumores, ¿pero tiene alguna prueba?", preguntó Marisa, exhibiendo una sonrisa calculada y con total soltura. "Después de todo, hay que tener pruebas para lanzar acusaciones. No basta con mover los labios".
A Nerea le pareció una broma. "¿Escucharlo con mis propios oídos no cuenta como prueba?".
"¿Acaso tiene un oído prodigioso, señorita Galarza? El salón está lleno de ruido, había una distancia considerable entre ustedes. ¿Escucharlo con sus propios oídos?", la sonrisa de Marisa se ensanchó, llena de cinismo.
"Señorita Galarza, ¿nos cree tontos?".
Con solo una frase astuta, Marisa había logrado enfrentar a Nerea contra el resto de los invitados, apelando a la lógica.
Una táctica hábil.
Nerea se dirigió a la anfitriona: "Doña Teresa, ¿podría pedir que dejen de tocar la música un momento? O, mejor dicho, que siga sonando".
Con la suave melodía de fondo, Nerea se dirigió a la multitud. "Por favor, sigan conversando como si nada. Actúen con naturalidad. En cuanto a ti, Renata...".
Clavó su mirada en Marisa con una media sonrisa. "Señora Peñalosa, ¿todavía cree que es imposible?".
Marisa, al ser mayor y mucho más astuta, sabía leer el ambiente a la perfección.
Había intentado usar el ruido y la distancia como excusa para sacar a Renata del apuro.
Pero ahora, frente a los ojos asombrados de todos, la excusa había quedado desbaratada.
No había forma de negarlo.
Además, observó de reojo a las personas que rodeaban a Nerea. Hacerse de enemiga a esa mujer definitivamente no le convenía en ese momento.
Cambió de estrategia y ofreció una sonrisa conciliadora: "Señorita Galarza, Renata y sus amigos son solo unos niños. Actuaron inmaduramente y hablaron sin pensar, pero no hubo mala intención. Le pido que, por respeto a que estamos celebrando el cumpleaños de don Sergio, no se lo tome tan en serio".
"Señora Peñalosa, creo que no está entendiendo. No fueron 'ellos', ¡fue ella!", dijo Nerea señalando a Renata. "Fue ella sola quien esparció rumores sucios sobre mí, sobre mi hija y quien insultó al señor Vega".
Y sin darle tiempo de respuesta, Nerea añadió: "Segundo, perdone mi ignorancia, pero jamás en mi vida había visto a una 'niña' tan grandulona. ¿Acaso esto es a lo que le dicen un 'bebé de treinta años'?".

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