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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 847

Renata creía que estaba hablando lo suficientemente bajo como para soltar su veneno sin consecuencias.

Nunca se imaginó que Leonardo y Nerea la escucharían y se voltearían al mismo tiempo.

Sus miradas eran igualmente oscuras, afiladas e intimidantes, como cuchillos directos al alma.

Renata se asustó tanto que un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.

Al ver que Nerea y Leonardo miraban hacia un lado en particular, Doña Teresa de Maldonado siguió su mirada y preguntó confundida: "¿Ocurre algo?".

Si Renata solo estuviera hablando mal de Nerea, por respeto a la fiesta de don Sergio, ella habría fingido no escuchar.

¡Pero el problema era que había llamado a Sofi hija ilegítima!

Si lo dejaba pasar, en unos minutos el rumor de que Sofi era una bastarda se esparciría por toda la alta sociedad de Rosarito.

Nerea esbozó una media sonrisa. "Solo atrapé a una pequeña rata chismoseando a mis espaldas. Bastante molesto".

"¿Ah, sí?", respondió Doña Teresa. Aunque mantenía su sonrisa, su mirada se endureció al instante.

Observó lentamente al grupo de jóvenes y dijo: "¿Hablar a espaldas de la gente es la educación que les dieron? Que la persona que estaba hablando dé un paso al frente ahora mismo".

Renata recordó las advertencias de Marisa Peñalosa y temió haberse metido en problemas, pero rápidamente recuperó la compostura.

Había hablado muy bajito, y el salón estaba lleno de música de fondo y conversaciones ajenas.

Era imposible que Nerea y los demás hubieran escuchado exactamente lo que dijo.

Mientras nadie admitiera nada, no pasaría a mayores.

Nerea pasó su mirada por todos y la detuvo fijamente en Renata. "¿Quién de ustedes andaba diciendo que fui infiel en mi matrimonio? ¿Que mi hija es una bastarda? ¿Y que el señor Vega es un arrastrado?".

En cuanto pronunció esas palabras, la mirada de Cristian Vega se oscureció. Parecía un abismo sin fondo, ejerciendo una presión aterradora en el ambiente.

Sergio Maldonado también frunció el ceño, claramente molesto.

No hacía falta decir la excelente relación que don Sergio tenía con Nerea, y Cristian acababa de cerrar con él un trato multimillonario. Era su invitado de honor de la noche.

Si ese grupito de jóvenes llegaba a arruinar un negocio tan importante, ninguno de ellos iba a salir ileso.

Al mismo tiempo, la expresión de Doña Elena Valente se ensombreció. ¡Cómo se atrevían a llamar bastarda a su nieta!

Los demás invitados observaban asombrados el descaro de los jóvenes. Si iban a hablar a las espaldas de alguien tan importante, ¡al menos deberían haberlo hecho en privado!

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