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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 880

Patricia dirigió su mirada hacia Doña Beatriz, sin dejar de sollozar.

—Abuela, si Lázaro ni siquiera puede cumplir con su trabajo básico, ¿para qué lo mantienes en esta casa? Como adorno es demasiado feo, y como mascota no sirve. Deberías despedirlo ya; sobran personas competentes para ser mayordomo.

Lázaro palideció del terror. La última vez que Patricia había regresado, lo primero que intentó fue echarlo a la calle. No imaginó que, en esta ocasión, también iría directo por su cabeza.

Doña Beatriz estaba harta. Tenía la mente ocupada tratando de arreglar el desastre monumental de Renata, y no tenía energía para lidiar con los berrinches de Patricia.

—¡Suficiente! —la regañó con frialdad—. Ya que estás aquí, ve al velorio de tu padre. Arrodíllate a rezar un rato y despídete como es debido.

—Ya lo hice —mintió Patricia sin que le temblara la voz ni se le enrojecieran las mejillas. Jamás le rezaría a ese miserable.

Aprovechando la situación, se sentó al lado de Nerea y la tomó del brazo con excesiva confianza.

—Vine a darle las gracias a mi prima. Gracias a ella me enteré de que mi padre había fallecido.

Nerea le siguió el juego sin parpadear.

—De nada, primita.

Ambas estaban dándole una cachetada con guante blanco a Renata.

Renata se puso pálida y luego roja de la furia. Parecía que iba a explotar en cualquier momento, clavándole a Patricia una mirada llena de veneno.

A un lado, Marisa Peñalosa mantenía su rostro inexpresivo, pero sus ojos se volvían cada vez más sombríos. Tenía el presentimiento de que, aunque la anciana estuviera suplicando en persona, este conflicto no tendría un final pacífico.

Doña Beatriz, sin más opciones, decidió ignorar a Patricia. Volvió a enfocar su atención en Álvaro, forzando una expresión de profundo dolor y desesperación.

—Álvaro, pregúntate a ti mismo: ¿cómo te tratamos tu primo y yo cuando eras un niño? Ahora que solo te pido un único favor en mi vida, ¿de verdad te vas a negar?

Y, una vez más, Nerea intervino antes de que su padre pudiera hablar. Sabía que él se sentiría acorralado por la presión familiar, pero a ella no le importaba en lo absoluto.

—Álvaro, todos cometemos errores en esta vida. Renata se equivocó, es cierto, pero ya reconoció su culpa. Les dije que pueden castigarla como quieran, se lo tiene merecido. Pero, ¿por qué se niegan a darle una oportunidad para redimirse?

Nerea levantó una ceja, esbozando una sonrisa cargada de sarcasmo.

—Lo que dice es absurdo, señora. Nosotros no somos las víctimas. ¿Con qué derecho vamos a perdonarla en su lugar y darle una 'oportunidad para redimirse'?

—Estoy hablando con tu padre —replicó Doña Beatriz, alzando la voz con frialdad—. Los jóvenes con buena educación no interrumpen las conversaciones de los adultos.

—Si la familia Quiles crió a alguien tan arrogante y déspota como Renata, alguien capaz de obligar a otros a arrodillarse y tratar de humillarlos con dinero... ¿de verdad tiene el descaro de dar lecciones de 'buena educación'?

Doña Beatriz sentía que iba a sufrir un infarto por culpa de Nerea. Con lágrimas en los ojos, dirigió su súplica final hacia Álvaro.

—Álvaro... —lloró amargamente—. Tu tía ya está vieja, ya no sirvo para nada, y tu primo acaba de dejarme. Lo único que te pido es este pequeño favor, ¿y me vas a dar tantas excusas? Supongo que es verdad, cuando uno envejece, solo se vuelve una molestia para los demás.

Y con eso, Doña Beatriz rompió en un llanto lastimero, buscando romper la voluntad de todos en la sala.

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