Leonardo llamó primero a Héctor Omar.
Apenas contestó, Héctor Omar bromeó: “Capitán, ¿qué hace llamándome a esta hora en lugar de estar consintiendo a mi cuñada?”
“Te pido un favor enorme. Ve al hospital ahora mismo y vigila la habitación de la anciana. Mañana te encargas de escoltarla hasta el avión y, cuando despegue, vienes a buscarme.”
Al notar el tono gélido y tenso de Leonardo, Héctor Omar dejó a un lado el sarcasmo. “¿Qué pasó?”
Leonardo apretó la mandíbula. “Atacaron a tu cuñada.”
Héctor Omar se quedó atónito. “¿Está herida? ¿Es grave?”
“Afortunadamente no es grave. Ahorita estoy con ella y no me puedo mover de aquí. Por eso necesito que vigiles a las ancianas.”
Héctor Omar saltó de la cama, se puso los pantalones con una sola mano y dijo: “Capitán, no tiene que pedirlo dos veces. Voy para allá ahora mismo. Usted cuide a mi cuñada, yo me encargo del resto.”
Ya vestido, preguntó en tono más profesional: “Capitán, ¿debo reportar esto a los mandos superiores?”
“Por supuesto”, respondió Leonardo, con un destello letal en la mirada.
Hoy en día, Nerea era una investigadora científica de nivel nacional, protegida por el gobierno.
Cualquier ataque en su contra podía escalar rápidamente de categoría.
En el mejor de los casos, era un ajuste de cuentas personal.
En el peor, podía ser un atentado orquestado por agencias de espionaje extranjeras.
Hasta no llegar al fondo del asunto, nadie podía descartar ninguna posibilidad.
“Informa a nuestros superiores. Sospechosa principal: Marisa Peñalosa. Que empiecen a investigar por ahí.”
Con las autoridades de inteligencia involucradas, lo primero que harían sería investigar si hubo infiltración de fuerzas extranjeras o robo de información clasificada.
Al colgar, Leonardo marcó el número de Kevin Rojas.
Le ordenó que aumentara la seguridad al máximo, que pusiera más guardaespaldas y que estuviera atento a cualquier médico o enfermera que se acercara.
Las habitaciones de las ancianas no podían quedarse sin vigilancia personal ni un solo segundo.
No era paranoia; Leonardo simplemente se estaba preparando para el peor escenario.
Si pasaba una tragedia, el arrepentimiento no serviría de nada.


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