Renata nunca había sido muy inteligente, y además era arrogante y despótica. Tras escuchar el plan, asintió con firmeza:
—¡Como sea, jamás me voy a disculpar con esa arrastrada de Patricia! ¡Haga lo que dice, pero sáqueme de aquí rápido! No quiero pasar ni un segundo más en este chiquero.
La última vez que terminó en la comisaría, Marisa estaba a su lado y pudieron valerse de la influencia de la familia Quiles.
No pasaron penurias en la sala de detención.
Pero esta vez era distinto.
Marisa, su mayor escudo, había sido arrestada, y todo el país, desde los internautas hasta los medios, tenían la lupa puesta en su caso.
Renata había perdido sus privilegios y la habían encerrado con toda clase de criminales de poca monta.
Apenas recordaba al asqueroso hombre de dientes amarillos que la había acosado y sentía que se moría del pánico.
Con el recuerdo del individuo repugnante fresco en su memoria, Renata le exigió a Zavala que lo demandara hasta asegurar que se pudriera en la cárcel.
El abogado aceptó, la acompañó a dar su declaración ante la policía y luego se retiró de la comisaría.
Tras salir, el licenciado Zavala condujo hasta un restaurante exclusivo de alta cocina.
Ese día, el establecimiento había cerrado sus puertas para atender a un solo cliente.
Patricia estaba sentada en un comedor privado. Al ver entrar a Zavala, le empujó amablemente una taza de té recién servido con una sonrisa.
—Licenciado Zavala, cuánto tiempo sin verlo.
Zavala se acercó, se sentó frente a Patricia y posó la mirada en el vendaje de su frente.
—Señorita Patricia, ¿por qué no está en el hospital recuperándose?
—No soy de cristal —respondió ella con una leve sonrisa—. ¿Renata mordió el anzuelo?
El abogado asintió.
—Sí, aceptó.
Patricia curvó los labios en una sonrisa sutil.
—Has trabajado muy duro estos últimos años. Te lo agradezco.
Resultaba que el licenciado Zavala siempre había trabajado para Patricia; ella lo había infiltrado en el círculo de Marisa desde hace mucho tiempo.
Paso a paso, se había ganado la absoluta confianza de la mujer, recolectando pacientemente cada prueba incriminatoria de sus delitos.
Renata fue trasladada al hospital psiquiátrico que Patricia había elegido cuidadosamente para ella.
El lugar era tal y como el abogado le había prometido.
Zavala había preparado todo a la perfección.
Tenía una habitación privada, baño propio y muebles recién comprados de la mejor calidad. Parecía más una suite de un hotel cinco estrellas que una clínica.
Excepto por las ventanas, que estaban completamente selladas, y la obvia falta de libertad.
Pero Renata no le dio importancia a esos detalles.
Estaba convencida de que Marisa saldría libre en un abrir y cerrar de ojos, y que ella también abandonaría ese lugar pronto.
Renata estaba encantada.
—Buen trabajo, licenciado Zavala.
—Mientras usted esté satisfecha, señorita Quiles —respondió él con una media sonrisa—. He contratado a un chef profesional para que se encargue de sus comidas diarias. Los ingredientes llegarán frescos todos los días. Si se le antoja algo, solo tiene que pedirlo.
—Dentro de un mes, vendré a recogerla. Además, señorita Quiles, si en algún momento desea salir, avíseme con anticipación. Yo me encargaré de coordinarlo para evitar que la prensa la fotografíe y causemos un escándalo innecesario.

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