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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 909

Renata hizo una señal de ok con los dedos, rebosante de alegría.

Definitivamente, esto era mucho mejor que la celda de la comisaría.

Antes de irse, el licenciado Zavala se dirigió al director del hospital psiquiátrico, quien lo había estado acompañando.

—Director Gutiérrez, le encargo mucho el bienestar de la señorita Quiles.

—Pierda cuidado, licenciado Zavala —respondió el director con una sonrisa—. Me aseguraré de cuidarla personalmente.

Las miradas que intercambiaron estaban cargadas de un entendimiento silencioso y cómplice.

Al salir del hospital psiquiátrico, Zavala divisó a Patricia, quien aguardaba afuera.

Bajó de su auto y se acercó a ella.

—Señorita Patricia.

Patricia esbozó una sonrisa que mezclaba una profunda sensación de alivio con un rastro de melancolía.

—Me pregunto cómo reaccionará Marisa Peñalosa cuando se entere de que Renata ha sido encerrada en un manicomio. La verdad, me da un poco de curiosidad.

...

La noche previa al funeral de Felipe Quiles.

Patricia hizo una llamada especial a Nerea Galarza.

—Nerea, ¿irás mañana al funeral a la casa de los Quiles?

En ese momento, Nerea estaba sentada en el borde de la cama, mientras Leonardo Rojas, con una rodilla apoyada en el suelo, le lavaba los pies en un recipiente con agua tibia con absoluta devoción.

Nerea arqueó una ceja.

—¿A qué iría yo allí?

—¡A disfrutar del espectáculo! Te aseguro que mañana será un día digno de verse.

Con Leonardo a cargo, la información de la unidad de investigación fluía hacia ellos con total claridad.

Sabían que, al día siguiente, Marisa Peñalosa sería puesta en libertad.

—Vamos, Nerea, acompáñame. Hazlo por el tío Álvaro; ¿no se supone que él también irá?

Álvaro Encinas de Galarza planeaba asistir al funeral de Felipe Quiles.

Finalmente, Nerea accedió.

A la mañana siguiente, Marisa fue liberada.

—Tampoco exageres, la señorita Patricia ya está completamente sana. Ahora la única loca es Renata.

Marisa estaba físicamente agotada tras tener que lidiar con la investigación. Su intención inicial había sido ignorar los murmullos, pero aquellas últimas palabras la obligaron a girar la cabeza de golpe.

—¿Qué acabas de decir?

El invitado se sintió intimidado bajo la mirada inyectada en sangre de Marisa.

—Señora Peñalosa, yo no dije nada malo.

Marisa se acercó a zancadas.

—¡Pregunté que quién tiene problemas mentales!

El invitado rió con nerviosismo.

—Señora Peñalosa, no es un invento mío. La misma comisaría y el sitio web oficial de su empresa ya lo confirmaron: Renata sufrió un brote psicótico.

Como Marisa acababa de ser liberada, no tenía ni la menor idea de lo que había ocurrido en el exterior.

Pero de lo que sí estaba segura era de que Renata no estaba loca.

Conocía a su propia hija mejor que nadie.

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