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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 911

Marisa ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. Fue Doña Beatriz quien no lo soportó; comenzó a temblar violentamente y a convulsionar de pura rabia.

Levantó un dedo tembloroso hacia Marisa.

—¿Ahora en qué te metiste?

El corazón de Doña Beatriz estaba lleno de un odio profundo y ardiente.

De haberlo sabido, jamás habría cedido ante los caprichos del idiota de Felipe.

Nunca debió aceptar a Marisa como su nuera, ni a la bastarda de Renata en la familia Quiles.

Y ahora, gracias a ellas, el nombre de los Quiles era el chiste de todo Rosarito, y la empresa corría el riesgo de hundirse.

Doña Beatriz sentía que el rencor le carcomía las entrañas, pero el arrepentimiento llegaba demasiado tarde.

Marisa no tenía la energía ni el tiempo para lidiar con el colapso de la anciana.

Con un rostro pálido, se dirigió a los oficiales con voz seca:

—Oficiales, me parece que ha habido un malentendido.

—Señora Marisa Peñalosa, nuestra única orden es llevarla para que preste declaración. Si se trata de un error, la investigación lo revelará y se le hará justicia.

Marisa sabía que no tenía otra opción más que acompañarlos.

Pero necesitaba ganar tiempo para analizar todo lo que había sucedido recientemente.

Durante su interrogatorio con las autoridades de seguridad estatal, la habían mantenido completamente incomunicada. Ni siquiera le permitieron hablar con su abogado.

Por eso, no tenía la más remota idea de qué estaba ocurriendo en el mundo exterior.

Esa ignorancia la dejaba en una posición vulnerable y aterrorizada.

Apretó los dientes y, forzando una sonrisa, trató de negociar:

—Como pueden ver, mi esposo acaba de fallecer y hoy es el entierro. ¿Podrían darme un poco de tiempo para terminar la ceremonia antes de acompañarlos?

Uno de los oficiales respondió de manera fría e inflexible:

—Lo lamento, señora Peñalosa. Nuestra orden es llevarla con nosotros ahora mismo.

Finalmente, Marisa fue escoltada por los agentes de la Comisión Anticorrupción.

Se la llevaron tal cual estaba, sin siquiera darle tiempo de cambiarse de ropa.

Los asistentes al funeral de la familia Quiles pertenecían a la alta sociedad; todos tenían algún grado de influencia y sabían cosas.

Patricia observaba la escena desde lejos, con una frialdad gélida, como si el asunto no le incumbiera en lo absoluto.

¡Doña Beatriz tenía lo que se merecía!

Años atrás, cuando Marisa Peñalosa y su cómplice la encerraron injustamente argumentando que tenía problemas mentales, Patricia se había aferrado a la pierna de la anciana, suplicando ayuda a gritos.

¿Y qué hizo ella?

La ignoró con la crueldad más absoluta.

Por eso, todo lo que le estaba pasando ahora era su propio castigo, un karma bien ganado.

Debido al arresto de Marisa y al repentino desmayo de la anciana, el funeral de Felipe Quiles se volvió un absoluto desastre que tuvo que terminar apresuradamente.

...

En el hospital psiquiátrico.

Renata estaba navegando por su celular cuando vio las noticias de última hora sobre el nuevo arresto de Marisa. Pegó un salto de la cama, aterrorizada.

Marcó de inmediato el número del licenciado Zavala.

¡Tenía que salir de ahí!

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