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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 912

Pero el celular mandaba a buzón una y otra vez.

Renata entró en pánico; las palmas de las manos le sudaban frío y sentía que el corazón le latía a mil por hora. Todo este tiempo había estado esperando que Marisa fuera liberada para que la sacara de allí.

¡Y ahora resulta que su madre había sido arrestada de nuevo! Las noticias decían que por corrupción y soborno.

¿Qué empresario estaba completamente limpio?

Si Marisa terminaba en la cárcel, ¿qué iba a ser de ella?

Incapaz de quedarse quieta un segundo más, abrió la puerta de su habitación y echó a caminar a toda prisa por el pasillo.

En el camino, se topó con pacientes de comportamiento errático. Los evadió como si fueran portadores de una plaga, aterrorizada de que se le acercaran demasiado.

Aunque sabía que las enfermedades mentales no eran contagiosas, le generaban un profundo repudio.

Logró salir de la zona de habitaciones y llegó al gran vestíbulo del hospital.

No había mucha gente en ese momento.

Se veían algunas personas que iban a internar familiares, otros que pedían informes en recepción y algunos visitantes.

De repente, escuchó el grito alarmado de una enfermera:

—¡Atención, seguridad! ¡Un paciente se escapa!

Renata arqueó una ceja, sin darse cuenta de que la "paciente" era ella.

Continuó caminando hacia la puerta principal con su actitud arrogante de siempre.

Pero al segundo siguiente, dos robustos guardias de seguridad se abalanzaron sobre ella y la inmovilizaron con fuerza.

Renata se quedó helada un segundo, antes de estallar en gritos:

—¡¿Qué hacen?! ¡Suéltenme!

La enfermera que había dado el aviso se acercó trotando y les dijo a los guardias con una amplia sonrisa:

—Menos mal que llegaron a tiempo, o la paciente se nos habría escapado.

Renata levantó la mirada hacia ella con indignación.

—No soy ninguna paciente. Abran bien sus malditos ojos y miren con quién están tratando.

La enfermera le mantuvo la mirada, sonriendo de forma amigable. Su voz sonaba increíblemente suave y comprensiva.

—Usted es Renata Quiles, la paciente de la habitación 1001. Hay videos suyos por todo internet; la reconocería aunque estuviera cubierta de cenizas. Es imposible que me equivoque.

Al ver la escalofriante amabilidad de la enfermera, un escalofrío helado recorrió la espina dorsal de Renata.

Empezó a forcejear desesperadamente y a rugir:

—¡No soy ninguna paciente! ¡Suéltenme! ¡Quiero irme!

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