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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 936

[Además, tejer arruina la vista, cocinar es peligroso y agotador, hornear pan toma demasiado tiempo y dar a luz duele un infierno... No entiendo de qué presumen.]

[Si van a presumir algo, que sea lo que ustedes hacen por sus esposas.]

[Por mi parte, les informo que mi futura esposa tiene prohibido entrar a la cocina. Tampoco lavará ropa, se le maltratarían las manos. Nada de trapear, eso lastima la espalda. ¡No hará ninguna tarea del hogar! Me caso con ella para consentirla, no para ponerla a trabajar.]

El chat entero enmudeció: [...]

Leonardo sonrió con arrogancia y siguió tecleando: [Deberían aprender un poco de mí, antes de que sus mujeres se harten y los manden a volar.]

Soltó esa bomba, bloqueó el celular sintiéndose en la cima del mundo y guardó el dispositivo.

Héctor Omar, que había leído todo de reojo, pensó para sí mismo: "Habrá perdido la memoria, ¡pero sigue siendo un maldito genio manipulador! ¡Hay que ser muy valiente para meterse con este lobo!"

De excelente humor, Leonardo se dirigió al hospital.

Ambas ancianas seguían ingresadas en recuperación.

Doña Salomé notó al instante la expresión de triunfo en su rostro.

Él dejó caer el sobre de papel manila en la mesa con una gran sonrisa. —Ya me lo aprobaron. Oficialmente puedo casarme con Nere.

—¿De verdad?

Leonardo señaló el sobre con la barbilla. —¡Revíselo usted misma!

Doña Salomé abrió los documentos con rapidez y sus ojos se volvieron medias lunas de pura felicidad. Asintió efusivamente. —¡Qué maravilla! Al menos sirves para algo.

Dejó los papeles a un lado y lo apresuró: —Entonces no pierdas tiempo, ve a comprar el anillo y pídele matrimonio a Nerea.

—¿Se le olvidó, abuela? —Leonardo levantó la mano, mostrando su propio anillo—. Ya se lo propuse en Rosarito. ¿Qué le parece si mejor vamos directo al registro civil?

Doña Salomé se dio una palmada en la frente. —Ay, los años no perdonan, ya me acordé.

Luego miró a Doña Belén de Galarza. —Amiga mía, ¿tú qué opinas?

Doña Belén nunca había tenido objeciones, así que respondió plácidamente: —Esa pregunta se la tienes que hacer a Nerea. Si mi niña acepta, yo le doy mi bendición.

Con el respaldo de la abuela de Nerea, Leonardo sonrió. —Entonces lo hablaré con ella esta misma noche.

En ese preciso instante, del otro lado de la puerta.

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