Se estaba haciendo tarde. Las ancianas contaban con enfermeras privadas en el hospital, así que obligaron a los hermanos a irse a descansar.
Ambos salieron de la habitación y caminaron en absoluto silencio.
Mientras esperaban el elevador, Kevin rompió el hielo: —Tengo que ir un rato a la oficina. Surgieron unos pendientes, no creo llegar a casa a dormir.
—¿A la oficina a estas horas? —Leonardo lo miró con el ceño fruncido—. Ten cuidado con tu estómago, no te saltes las comidas.
¡Ding!
Las puertas se abrieron y ambos entraron.
Leonardo insistió: —Si lo que quieres es tomar, hazlo en casa. Yo te hago compañía.
Kevin soltó una risita amarga. —No voy a ahogar mis penas en alcohol, te lo juro. Y sí, lo admito: saber que te vas a casar con Nerea me duele. Estoy triste y me muero de celos... pero soy tu hermano menor.
Kevin lo miró a los ojos, y su expresión reflejaba una tormenta de emociones encontradas.
Tal como había dicho: la envidia, el dolor y la frustración lo carcomían, pero la lealtad hacia su hermano de sangre era más fuerte.
Su hermano mayor había encontrado al amor de su vida y por fin podrían estar juntos.
En el fondo, también sentía una genuina alegría por él.
El ser humano era así: complejo, contradictorio y caótico.
Y Leonardo entendía esa dualidad perfectamente.
Kevin era su hermano.
Pero amaba a Nerea y preferiría morir antes que renunciar a ella.
Al ver la tormenta en los ojos de Leonardo, Kevin le sonrió con franqueza. —No tienes que sentirte culpable ni pensar que me estás haciendo daño. Si ella me hubiera elegido a mí, yo tampoco habría dado un paso atrás. Solo te pido una cosa, hermano: hazla la mujer más feliz del mundo.
Leonardo asintió con solemnidad. —Te doy mi palabra.
Kevin retomó su tono ligero y bromista: —Más te vale tratarla como a una reina. Si la haces llorar, seré el primero en robártela.
Leonardo dejó escapar una carcajada. —Pierde cuidado. Jamás te daré esa oportunidad.
Ambos se separaron en el estacionamiento subterráneo. Kevin se dirigió a la empresa y Leonardo manejó hasta el Instituto de Ciencias.
Desde que volvieron a Puerto Rosales, Nerea había retomado su trabajo en el instituto y todavía no salía.
Leonardo estacionó en la calle, se bajó y se recargó en la puerta del coche.
Poco después, un guardia de seguridad del recinto se le acercó.
Dicho esto, el guardia se alejó un poco, observando sutilmente el lenguaje corporal de ambos.
Nerea miró a Leonardo con una sonrisa suave, pero llena de adoración. —¿Llevas mucho tiempo esperando?
—Acabo de llegar —dijo él, y se giró hacia el coche para sacar una bolsa de papel encerado. De su interior emanaba el delicioso aroma a tamalitos recién hechos y calientitos.
Al ver eso, el guardia descartó cualquier sospecha remanente.
Tratándose de una instalación de alta seguridad, debían estar alerta ante cualquier persona que merodeara por la zona. Aunque la identificación de Leonardo fuera genuina, el guardia necesitaba confirmar que no mintiera sobre el motivo de su visita.
—Nere, el oficial me comentó que podemos tramitar un pase de familiares. ¿Cuándo me consigues uno? —preguntó Leonardo.
Nerea le dio un mordisco a su tamal y respondió con la boca llena: —¿En serio? No tenía idea. Mañana pregunto cómo es el trámite.
Ambos se despidieron del guardia con la mano y subieron al auto.
Como Nerea tenía las manos ocupadas, Leonardo se inclinó sobre ella para abrocharle el cinturón de seguridad.
Tras escuchar el 'clic', no se apartó, sino que se quedó a escasos centímetros de su rostro.
Nerea levantó la mirada hacia él. —¿Qué pasa?
—¿Están ricos, mi amor? —susurró Leonardo, pero su mirada oscura e intensa no estaba fija en la comida, sino clavada directamente en los labios de Nerea.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio