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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 947

Como don Hipólito no iba a poder comerse toda esa carne él solo, seleccionó los mejores cortes para compartirlos con la comunidad durante la comida.

Además, le mandó porciones generosas a los abuelos más ancianos del pueblo.

Con lo que quedó, decidió hacer carne ahumada, carne conservada en manteca y carne curada al viento.

Para la curada al viento, la sazonaron bien con sal y especias, dejándola reposar antes de colgarla al sol y finalmente en un lugar ventilado.

Para la conservada, cortaron la carne en dados, la doraron en la olla sin aceite hasta que soltara su propia grasa y quedara crujiente. Luego, la salaron y la guardaron en frascos de barro con hierbas secas. Con los días, la carne absorbería todo el aroma.

La carne ahumada era el proceso más laborioso, pues requerían madera aromática del monte.

Al día siguiente, Nerea y Leonardo subieron a la montaña con don Hipólito.

Cortaron ramas de pino, hojas de cítricos y de árboles de té. Esa mezcla de maderas le daría a la carne un sabor exquisito y frutal.

No se podía usar fuego directo; la carne debía ahumarse lentamente con las brasas durante días, lo que exigía vigilancia constante.

Pasaron tres días cuidando el proceso.

El resultado fueron trozos de carne dorados, brillantes y con un aroma que despertaba el apetito a kilómetros.

Ese mismo día, don Hipólito cocinó una buena porción.

Leonardo, con sus reflejos precisos, cortó las láminas tan finas que la grasa ahumada quedaba translúcida.

"¡Esto es una delicia!", exclamó Nerea, levantando el pulgar.

El abuelo sonrió con el pecho hinchado de orgullo. "Cuando se vayan, les empacaré suficiente para que sus familias la prueben."

Nerea sabía que era un regalo hecho desde el fondo de su corazón. Rechazarlo sería una ofensa.

Asintió con gratitud. "Claro que sí, abuelo. Muchísimas gracias."

Si los chorizos y la carne curada se dejaban al aire libre sin supervisión, las bandadas de gorriones bajaban como plaga. En un abrir y cerrar de ojos, te dejaban sin la mitad de la despensa.

Después de almorzar, los tres salieron hacia el monte con machetes en mano.

"No debiste venir, el monte es traicionero", repetía el anciano mientras caminaban.

Nerea le sonrió. "Abuelo, nunca he cortado leña. Me muero de curiosidad y tengo buena resistencia. Leo y yo somos el mejor equipo."

Obviamente, había otro motivo de peso.

En los últimos días, habían estado encerrados en casa. Chela los espiaba constantemente por la cerca, desesperada al no encontrar el momento para actuar.

Había que ponerle la carnada.

Cada familia del pueblo tenía asignada una parcela en el bosque para obtener su propia madera.

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