Tras dejar caer esa advertencia, Patricia salió de la habitación.
En cuanto se quedó sola, Doña Beatriz no pudo contenerse y desató toda su furia destrozando cosas en el cuarto. Una vez que drenó su enojo, no le quedó más remedio que llamar a su abogada.
Las últimas palabras de Patricia eran una amenaza clara: tenía que transferirle todo rápido para poder asegurar su próxima sesión médica.
...
Al día siguiente, en el Aeropuerto de Rosarito.
Patricia sostenía las manos de Nerea, negándose a soltarla. «Hermana, ¿de verdad te tienes que ir? Pensé que solo estabas asustando a la anciana. ¿No faltan algunos días para Fin de Año? Quédate a disfrutar un poco más.»
Nerea sonrió y negó con la cabeza. «Para la próxima. Tengo que ir a buscar a mi hijo, se lo prometí.»
«¿Dónde está estudiando mi sobrinito?»
«No lo sé con exactitud.»
Patricia levantó una ceja, sorprendida, pero al ver el rostro sincero de Nerea, supo que no le mentía.
No insistió más en el tema. «Bueno, que tengan un buen viaje. Llámenme cuando lleguen para saber que están bien.»
Nerea asintió.
Patricia le indicó a su guardaespaldas que le entregara a Leo los regalos locales que había mandado preparar a última hora. «Como no sabía que se iban tan pronto, no pude preparar la gran cosa.»
«Esto es más que suficiente. Volveremos, ya nos prepararás algo mejor para entonces.»
«Hecho. Aprovecho para desearles a ti y a mi cuñado unas felices fiestas. Que tengan salud y paz.»
Nerea sonrió complacida. «Lo mismo para ti. Aunque estés sola en Rosarito, diviértete. Si nos extrañas, ven a vernos. ¡En Puerto San Martín siempre serás bienvenida!»
Tras despedir a Nerea, Patricia subió a su auto. El chofer le preguntó: «Jefa, ¿adónde vamos?»
«A la empresa.»
Esos viejos de la junta directiva creían que, tras haber derrotado a Marisa Peñalosa, podían ponerla a ella al mando pensando que sería fácil de manipular por ser joven y no tener experiencia ni respaldos.
Creían que sería una marioneta más.
Pero para su sorpresa, Patricia resultó ser un rival mucho más letal que la propia Marisa.
Los viejos ya se habían dado cuenta de ello. Sabían que si la dejaban consolidar su poder, pronto serían ellos quienes terminarían en la calle.

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