Ulises ocultó sus emociones rápidamente. «Sofía, si me sigues mirando así, tendré que cobrarte.»
Sofía resopló. «Serás guapo, pero tampoco eres una atracción turística de paga. Me asombró porque es como ver un milagro.»
Escuchando la interacción de ambos, Nerea reía a escondidas.
Al final, no pudo aguantarse y se le escapó una carcajada suave.
Al escucharla, Sofía volteó a verla.
Sintiéndose observada, Nerea intentó componer su expresión. «Hola. Soy la mamá de Ulises. ¿Eres su compañera?»
Sofía se agarró de las tiras de su mochila y dio una gran reverencia. «Buenas tardes, señora. Soy su compañera, Sofía.»
Luego, sin perder la sonrisa, agregó: «Señora, tiene muchísima clase.»
«Gracias, tú también tienes una presencia muy linda.»
La sonrisa de Sofía se hizo aún más grande. «Me encanta que me digan que tengo clase, me hace más feliz que cuando me dicen que soy bonita.»
Ulises la miró, lleno de intriga.
Al notar su mirada, Sofía preguntó: «¿Por qué me miras así?»
Ulises negó con la cabeza. Sabía muy bien que decirle a una chica que no era hermosa solo le traería problemas.
Pero, siendo honestos, Sofía no era despampanante, a lo sumo tenía un rostro simpático.
Ulises decidió cambiar de tema: «¿Nadie vino a recogerte?»
Sofía sonrió y señaló un letrero. «Tomaré el metro para regresar sola.»
Al escuchar eso, Nerea se ofreció a llevarla.
La chica le parecía encantadora: extrovertida, alegre y con una sonrisa muy contagiosa.
El carácter de Ulises se estaba volviendo cada vez más serio, así que tener amigos vivos y dinámicos a su alrededor le vendría bien; al menos llenaría sus días con un poco más de risas.
Sofía no pudo negarse ante tanta amabilidad y terminó aceptando.
Leo extendió la mano. «Sofía, dame tu maleta también. Yo las llevo.»

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