Para evitar que Sofía pasara un mal rato, Nerea explicó amablemente: —Tuvimos un pequeño roce con tu primo hace un momento.
—¿Ah, sí? —Sofía no supo qué cara poner y se disculpó de inmediato—. Ay, lo siento mucho, de verdad.
Nerea sonrió. —No te preocupes, son cosas de niños. ¿Verdad, Ulises?
—Sí —asintió él.
—Entonces me retiro. Señora, muchas gracias por la fruta.
—De nada. Cuando tengas un rato libre, ven a jugar con él —ofreció Nerea.
Ulises estuvo a punto de decir que no hacía falta; después de todo, no eran tan cercanos y apenas habían cruzado palabras en el centro de entrenamiento.
Solo ella le había hecho un par de preguntas antes.
Además, él no quería jugar con nadie más, solo quería disfrutar el rato con sus padres.
Los padres de Sofía se despidieron amablemente. —Bueno, señora Galarza, señor Vega, nos retiramos. Que sigan disfrutando su día.
Ambas familias se despidieron y los Varela se alejaron.
Cuando estuvieron a una distancia prudente, Sofía preguntó con curiosidad: —Papá, ¿cómo sabías que la mamá de Ulises se apellida Galarza?
—¿Sabías que el papá de tu compañero es el hombre más rico de Latinoamérica?
—¡¿Qué?! —exclamaron Sofía y su primo al unísono.
Ambos tenían la boca tan abierta que les cabía un huevo entero.
Los padres de Dante los miraron extrañados. —¿Qué les pasa a ustedes dos?
Dante balbuceó: —Papá... mi tío dice que el papá del niño que nos encontramos en el invernadero es el hombre más rico del país.
—¡¿Qué?! ¡¿El más rico?! —El padre de Dante abrió los ojos de par en par, negándose a creerlo—. ¿Y un millonario como él va a venir a este lugar? ¿Que no esa gente se va a París o a las Maldivas de vacaciones?
Nerea y Cristian se quedaron tomando té en la plataforma de madera.
Desde lo que pasó en Estados Unidos, casi no se veían, y mucho menos tenían tiempo para sentarse a conversar a solas.
Hablaron sobre negocios, sobre los avances en Rocío, un poco sobre Ulises, e incluso mencionaron a Esmeralda Roldán de Vega.
Esmeralda había salido de prisión, pero no tardó en volver a entrar.
Su segundo ingreso fue por homicidio intencional: la muerte de la anciana Doña Ivana.
Lo normal habría sido que pasara el resto de sus días tras las rejas.
Sin embargo, al poco tiempo de ingresar, sufrió un derrame cerebral y fue trasladada de urgencia al hospital. Aunque le salvaron la vida, las secuelas fueron devastadoras.
Hemiplejía, dificultad para hablar y tragar, pérdida de memoria... Estaría postrada en una cama por el resto de su vida.

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