Nerea le tomó el rostro por la barbilla y la examinó con detenimiento. —Mírate bien. No tienes ni una sola arruga, tu piel es de porcelana, luminosa y perfecta. Si dices que tienes veinticinco, hasta te estarías echando años encima.
Flora se echó a reír. —Todo esto es pura magia estética. ¿Tienes idea de la fortuna que invierto en esta cara cada semana? Con eso viviría una persona normal todo un año.
—Pues para eso ganas tanto dinero, para darte tus gustos.
—Vámonos ya a comer, la verdad es que el chico tiene muy buena mano para la cocina.
...
De camino, Nerea compró un ramo de flores y una buena botella de vino.
El apartamento estaba impecable y tenía un aire muy acogedor.
Adrián había dejado unas pantuflas listas en la entrada para ellas.
Nerea le dio un codazo cómplice a Flora. —Nada mal. Sabe cómo consentirte.
—Ya te dije que el dinero está bien invertido.
Antes, cuando Flora le contó que estaba manteniendo a un universitario sin dinero, Nerea se había mostrado escandalizada y desaprobó la idea.
Pero viéndolo ahora, no parecía una mala decisión en absoluto.
Al menos, Flora era feliz.
En la mesa había varios platillos nuevos que olían de maravilla y se veían dignos de un restaurante.
Después de comer, Adrián se encargó de recoger todo y les dijo que pasaran a la sala a relajarse. Les preparó una bandeja con fruta picada y les sirvió té de flores.
Nerea aprovechó para contarle a Flora los detalles de su compromiso con Leonardo.
Flora se emocionó muchísimo y le dio un abrazo apretado. —¡Te mereces toda la felicidad del mundo!
Nerea asintió. —Y tú también.
Flora, motivada, sacó otra botella de vino.
—Hoy hay mucho que celebrar. Venga, sirvamos otra copa.
—Yo paso, ya se me subió a la cabeza —Nerea agitó la mano—. ¿Cómo voy a volver a casa si sigo bebiendo?
—Que venga Leonardo a buscarte.
Leonardo seguía en Puerto San Martín, ya que planeaba acompañar a Nerea a Puerto Rosales.
Leonardo le atrapó la mano suavemente, se inclinó y la levantó en brazos con facilidad.
Nerea soltó un gritito de sorpresa, mirándolo con aún más fascinación.
A Leonardo casi se le detiene el corazón al verla tan adorable. Controlando el impulso de comérsela a besos ahí mismo, le dijo con voz aterciopelada: —Nos vamos a casa. Despídete de Flora.
—Oh... —Nerea asintió obediente y giró la cabeza—. ¡Adiós, Flora! Ya me voy, mi esposo vino por mí.
Desde los brazos de Adrián, Flora gritó: —¡Yo también tengo a mi hombre!
Leonardo le dedicó un asentimiento a Adrián y salió con Nerea en brazos.
En el estacionamiento, la sentó con cuidado en el asiento del copiloto y le abrochó el cinturón de seguridad.
Acarició su mejilla, limpiando con el pulgar áspero el rastro de una lágrima en el rabillo de su ojo enrojecido, y preguntó en un susurro grave: —Nere, ¿quién soy yo?
La voz ronca y ardiente del hombre hizo que Nerea sintiera una sacudida eléctrica que le erizó la piel.
—Eres... mi esposo.
Incapaz de contenerse un segundo más, Leonardo bajó la cabeza y la besó con pasión arrolladora...

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