Una vez resueltos todos los asuntos en Puerto San Martín, Nerea viajó a Puerto Rosales junto a Sofía.
Al llegar a la capital, su plan era llevar a la pequeña a conocer el preescolar de la Academia Nacional de Ciencias. Sin embargo, antes de poder hacer el recorrido, debía enviar una solicitud formal.
Por ser empleada de la Academia, sus hijos tenían prioridad de ingreso.
La solicitud fue aprobada rápidamente y le asignaron una cita para la mañana siguiente.
Nerea buscó a Sofía para darle la noticia de que al día siguiente visitarían su futura escuela.
Emilio, al escucharla, preguntó: —Tía, ¿puedo ir con ustedes a ver cómo es su escuela?
—Por supuesto que sí.
—A ver si está mejor que la mía o no.
Desde que Ulises había dejado las clases regulares, Emilio también había sido trasladado a una escuela en Puerto Rosales, considerando que Kevin y Doña Salomé pasaban la mayor parte de su tiempo en la ciudad.
Sofía ladeó la cabeza, curiosa. —Mami, ¿mi hermanito y yo no iremos a la misma escuela? Yo quiero estar con él.
—Tú vas a ir a preescolar, y tu hermano ya está en la primaria. No pueden estar en la misma institución.
—En realidad, sí se puede —intervino Emilio—. Mi escuela tiene un área de preescolar, primaria, secundaria y preparatoria. Podríamos estar juntos en el mismo lugar hasta antes de la universidad. Así tú no tendrías que preocuparte de que alguien se meta con ella, tía. Yo me encargaré de protegerla.
—¡Mami, entonces quiero ir a la escuela de mi hermanito! Así podré jugar con él. Por favor, mami. ¡Te lo suplico!
El plan original de Nerea era inscribirla en la Academia de Ciencias para que los horarios coincidieran con su trabajo, facilitando dejarla y recogerla.
Si la mandaba a la escuela de Emilio, la logística sería mucho más complicada.
Antes de que Nerea pudiera responder, Leonardo tomó los papeles y, con un par de trazos rápidos, rellenó la sección con sus propios datos.
La empleada verificó la información, agregó los números de contacto al sistema y le entregó la carta oficial de admisión.
Justo al salir del colegio, Nerea recibió una llamada de Doña Salomé.
—Nere, querida, ¿tienes tiempo mañana? Quiero que vengas a probarte los vestidos de compromiso que mandé a hacer para ti.
—¿Tan rápido están listos? —preguntó Nerea, sorprendida. Tratándose de alta costura, incluso pagando un recargo por urgencia, solían tardar un par de meses. Lo normal era encargarlos con medio año de anticipación. Y si se trataba de diseñadores internacionales de renombre, la lista de espera era de años.
Doña Salomé rio con orgullo. —Por supuesto que no se hicieron de un día para otro. Los encargué hace más de medio año. Y no te preocupes si alguno no te convence, pedí que diseñaran más de una docena de modelos diferentes. Puedes elegir los que más te gusten, y los que sobren se los puedes regalar a tus amigas. Así nada se desperdicia, y el día de tu pedida de mano, ellas también se verán espectaculares a tu lado.
Leonardo frunció el ceño. —Abuela, ¿no podemos cambiar la fecha? Mañana me es imposible, tengo que reincorporarme al servicio.

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