—Ya estamos a finales de febrero y el compromiso es el próximo mes. Si los vestidos necesitan algún ajuste, tomará tiempo —replicó Doña Salomé—. No importa si tú no estás. Aquí la que importa es Nerea, la futura esposa tiene que verse deslumbrante. Mañana le diré a Kevin que me lleve. Nere, nos vemos mañana en la boutique.
Leonardo cruzó los brazos. —... ¿Cómo que no importo? Yo soy el protagonista.
Doña Salomé no perdió el ritmo. —Lo sé, querido, pero esto es como en las telenovelas: la protagonista es ella, y tú solo eres el galán de apoyo.
Leonardo se quedó sin palabras. «...»
Al día siguiente, en la exclusiva boutique de alta costura.
Los maniquíes exhibían vestidos de gala absolutamente impresionantes. Cada pieza era exclusiva, hecha a mano, asegurando que no habría dos iguales en todo el mundo.
—¡Guau, qué hermosos! —exclamó Sofía, maravillada, con los ojos brillando de fascinación ante tantos colores y pedrería.
Señaló un vestido en particular. —Mami, tienes que probarte este. Parece la cola de una sirena, ¡brilla muchísimo! Si te lo pones, serás la sirena más hermosa de todas.
—Ese vestido es mío —interrumpió una voz cargada de desprecio—. Aleja tus manos sucias, no vayas a manchar mi vestido.
Una de las empleadas de la tienda se acercó con una sonrisa profesional. —Señorita Villarreal, qué gusto verla.
La mujer que acababa de hablar llevaba unos tacones de vértigo y mantenía la barbilla levantada con arrogancia. —¿Qué clase de servicio dan en esta boutique? ¿Por qué dejan entrar a cualquiera? Si esa mocosa ensucia mi vestido, ¿quién me va a responder? ¿Ustedes?
—Mis manos no están sucias —protestó Sofía con voz temblorosa, mostrando sus manitas blancas y regordetas, que estaban perfectamente limpias—. Y ni siquiera toqué la ropa.
Sofía sabía que no debía tocar las cosas ajenas sin permiso, así que solo había señalado el vestido desde lejos.
—No importa quién sea usted; si comete un error, debe pedir perdón —intervino Emilio con un tono helado—. Eso es algo que hasta un niño de primaria sabe. ¿Me está diciendo que, siendo toda una adulta, tiene menos educación que un estudiante de primaria? ¿O es que nunca pisó una escuela?
—Mira, ni la insulté ni la golpeé. Solo dije la verdad. ¿Qué pasa? ¿Ahora está prohibido decir las cosas como son? Qué patético. Un mocoso que no sabe nada de la vida queriendo darme lecciones. No hice nada malo, ¿por qué habría de disculparme?
Emilio la fulminó con la mirada. —¡Es usted una cínica! ¡Discúlpese!
—Vaya, el niño se sabe palabras grandes. Pues aquí tienes un consejo, cariño: sigue soñando.
—Señora —replicó Emilio—, no se tome confianzas. Yo no tengo familiares tan mayores como usted.
Al escuchar que la llamaba «Señora», Yara Villarreal perdió los papeles. —¡Mocoso insolente! ¿A quién llamas señora?

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