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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 109

César tomó asiento en la silla que estaba justo al lado de Renata, pero no pronunció ni una sola palabra...

Ella lo observó de reojo y sintió que el corazón le daba un brinco.

Sin embargo, enseguida lo entendió: ella era la única persona en todo ese salón a la que él conocía, así que sentarse a su lado era lo más lógico y educado.

—Señor Zaldívar... —Después de pensarlo un instante, giró el rostro para saludarlo.

Aún se sentía nerviosa. El aura de autoridad de ese hombre era sencillamente abrumadora.

—¿Usted también vino a acompañar a Fabián a la actividad escolar?

César asintió con su habitual elegancia, soltó un breve 'Mmm' a modo de respuesta, manteniéndose bastante reservado.

Tal como imaginaba, pensó Renata; los jefes corporativos siempre solían tener esa actitud distante y arrogante.

Apretó los labios, sonrió con incomodidad y volvió la vista al frente...

Lo que ella no sabía era que alguien, desde otro punto, les acababa de tomar una foto sentados juntos y se la había enviado a una persona que estaba muy lejos de allí...

Después de ese breve intercambio, no volvieron a cruzar palabra.

Fueron los dos niños sentados junto a ellos quienes comenzaron a charlar animadamente.

Fabián, con la clara intención de beneficiar a su tío, empezó a tratar de convencer a Matías.

—Oye, Matías, hagamos equipo para el torneo de al rato, ¿qué dices? Mira, yo soy más fuerte, perfecto para lo físico, y tú eres más listo, ideal para la estrategia. ¡Juntos seremos imparables! ¡Te aseguro que ganamos el primer lugar!

Mati bajó la mirada sin decir nada y volteó a ver a Renata.

Fabián chasqueó la lengua, se paró rápidamente bloqueándole la vista a Renata y le insistió:

—¡Hazlo por tu tía! Piénsalo, es la primera vez que viene a verte a un evento. ¡Seguro que quieres que te vea ganar!

Esa frase dio justo en el clavo.

Esta vez, Mati no lo pensó dos veces y aceptó.

Y así quedó el trato.

Antes de que comenzaran los juegos, los niños fueron a informarle a la profesora. Por eso, al momento de anunciar las divisiones, ¡los pusieron juntos directamente!

—¡Matías Valdés y Fabián Benavídez estarán en el mismo equipo! Por favor, los familiares de ambos niños agrúpense también.

—Muy bien, el siguiente equipo es...

¿Q-Qué?

Renata se quedó congelada en su asiento.

A su lado, César no mostró ni la más mínima alteración. Solo se le desvió un poco la mirada al notar la cara de angustia de la joven, y hubo una ligera pausa en sus movimientos.

Se puso de pie con calma y comentó, en tono neutral:

—No hay mucho que hacer. Ya nos asignaron juntos, tendremos que adaptarnos.

El corazón de Renata se aceleró. Se levantó apresuradamente y comenzó a explicarse:

—N-No, señor Zaldívar, no quise insinuar nada malo, de verdad, usted me malinterpretó...

César ladeó la cabeza para mirarla.

En ese momento, la distancia entre ellos pareció reducirse considerablemente.

Estaba tan cerca que casi podía distinguir el fino vello en las mejillas de ella, y cómo sus largas pestañas temblaban rápidamente, como alas de mariposa, delatando su nerviosismo...

La mirada del hombre se volvió más oscura. Tras un segundo de silencio, le respondió en un tono bajo:

—De acuerdo. Vamos.

Renata soltó una risa nerviosa.

—...Está bien.

La competencia comenzó.

Después de recibir su número, se dirigieron a la fila de la cancha de baloncesto.

—El número tres. Que se prepare el número tres —anunció un organizador.

Ese era su equipo.

Fabián fue el primero en intentarlo. Como era bastante atlético para su edad, logró encestar veintidós veces en un minuto, superando a la mayoría. Matías, en cambio, logró anotar unos cuantos menos.

Y luego, fue el turno de Renata.

Sintiendo toda la presión encima, tomó el balón, calculó el tiro durante varios segundos... ¡y finalmente lo lanzó!

Y, como era de esperarse... falló.

—¡Tú puedes! —la animó Fabián.

—¡Vamos, tía! —gritó Mati.

Renata tomó aire y se preparó para intentar de nuevo.

Desde un lado, César observaba sus movimientos torpes al lanzar, y sus oscuros ojos brillaron con intensidad.

No quería hacer comparaciones, pero le resultaba imposible evitarlo.

¡Porque la forma en que Renata intentaba encestar era idéntica a la de Tatiana!

Años atrás, en la universidad, hubo una tarde en la que él acababa de jugar un partido de baloncesto y Tatiana, de la nada, le dijo que también quería aprender a lanzar.

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