Entrar Via

MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 110

Él siempre la complacía en todo, así que aceptó sin dudarlo. Aquella tarde se dedicó a enseñarle pacientemente a jugar al baloncesto. Sin embargo, la chica no tenía muy buena coordinación y carecía de condición física, por lo que le costaba horrores encestar.

Exactamente igual que en ese momento...

Renata sostenía el balón con ambas manos, lo levantó apuntando de nuevo a la canasta, se puso de puntillas y, usando toda la fuerza de su cuerpo, ¡hizo el tiro!

Pero quizás impulsó el cuerpo con demasiada fuerza, porque justo en el momento en que soltó la pelota, perdió el equilibrio y comenzó a caer de espaldas.

—¡Ah! —Renata soltó un grito aterrorizado.

Todo sucedió demasiado rápido.

Nadie se lo esperaba.

—¡Dios mío!

—¡Tía!

A Mati se le detuvo el corazón. Sin importarle nada, el pequeño salió corriendo hacia ella.

Pero una silueta alta y veloz se le adelantó.

César cruzó la distancia a grandes zancadas, extendió sus largos brazos, rodeó la delgada cintura de la mujer y la atrajo hacia su pecho.

Renata dejó escapar un gemido sordo. Aún temblando por el susto, se aferró al hombro del hombre para estabilizarse...

César le dio unas suaves palmadas en la espalda. Estaba a punto de preguntarle si se encontraba bien, cuando su mirada bajó y notó algo en la parte posterior de su cuello, que había quedado al descubierto: un pequeño lunar oscuro...

Se le cortó la respiración. Frunció el ceño y luego lo relajó lentamente.

Ese lunar...

Renata se mordió los labios pálidos. Al darse cuenta de la posición tan íntima en la que se encontraban, sintió una profunda vergüenza.

Empujó suavemente sus hombros para separarse.

—Eh... gracias, señor Zaldívar...

—Tienes una marca en la nuca —dijo César de repente, con un destello ardiente en los ojos.

Renata se paralizó por un segundo. Por instinto, se llevó la mano a la nuca, cubriendo la marca, y explicó con evidente incomodidad:

—Sí, es una marca. Me quedó por un accidente que tuve cuando era niña.

¿De un accidente cuando era niña?

César frunció el ceño. Las manos con las que la estaba sosteniendo se tensaron y se volvieron rígidas.

Él recordaba a la perfección que el lunar que Tatiana tenía en la nuca era de nacimiento.

Al notar que el semblante del hombre se había vuelto sombrío, Renata sintió un nudo en el estómago.

—¿Se encuentra bien, señor Zaldívar?

César reaccionó, la soltó por completo y respondió con voz glacial:

—No es nada.

—Oh...

¡Clic! Alguien volvió a tomarles una fotografía justo en el momento del abrazo.

—¡Tía! ¿Estás bien?

—¿Te lastimaste?

Los dos niños llegaron corriendo, llenos de preocupación.

A Renata se le enterneció el corazón. Se agachó para acariciarles las mejillas.

—Estoy bien, no se asusten. Lo malo es que... creo que mi puntuación arruinó sus posibilidades de ganar.

Fabián sonrió de oreja a oreja.

—¡No importa! Lo más importante es que estás a salvo. Además, ¡para eso está mi tío! ¡Mi tío es un crack encestando! ¡Él solo vale por los tres!

De inmediato, comenzaron a escucharse exclamaciones de asombro y suspiros entre las personas alrededor.

Segundos después, comenzó la cuenta regresiva de un minuto.

César no falló ni un solo tiro. En apenas sesenta segundos, encestó cincuenta y dos balones limpios.

Fabián fue el primero en gritar a todo pulmón:

—¡Tío! ¡Eres el mejor del mundo!

—¡Wow! ¡Eso fue increíble!

—¡Además de guapo, atlético! ¿Escuchaste que el niño le dijo tío? ¿Crees que podamos pedirle su WhatsApp cuando termine?

—¡Claro que sí!

—¡Qué barbaridad, qué puntería!

—...

Los elogios y murmullos no dejaban de resonar entre el público.

Renata también se quedó hipnotizada.

Abrazando el saco del hombre, no podía apartar la vista de él mientras sostenía el balón con una sola mano y conversaba relajadamente con el organizador. De repente, su corazón dio un vuelco...

¡Una extraña y abrumadora sensación de familiaridad la invadió!

Como si esa imagen de él jugando al baloncesto fuera algo que ella hubiera presenciado un sinfín de veces en el pasado.

—¿Qué tanto me miras?

Tras terminar de hablar con el equipo, César dejó el balón y regresó. Lo primero que notó fue que la mujer no le quitaba los ojos de encima.

Arqueó una ceja, intrigado.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE