Cuando la comida estaba a punto de terminar.
Renata le pidió que le devolviera su teléfono a César con la excusa de hacer una llamada y se escabulló para pagar la cuenta.
—Hola, quiero pagar la cuenta de la sala privada número tres.
La recepcionista respondió:
—Claro, permítame un momento, voy a revisar.
—Gracias.
La joven tecleó un par de cosas en su computadora y sonrió.
—La cuenta de la sala privada tres ya ha sido pagada.
—¿Ah?
—El Sr. Zaldívar tiene una membresía exclusiva aquí. Cada vez que viene a comer, el cargo se hace directamente a su cuenta, no es necesario que pase a pagar. Además, ¿cómo iba a permitir el Sr. Zaldívar que una dama pague la cuenta?
Renata asintió, comprendiendo la situación.
—Está bien, entiendo.
Regresó a la sala privada.
En ese momento, los niños ya habían terminado de comer y estaban afuera sirviéndose helado en la máquina de autoservicio.
En la habitación solo estaba César.
Estaba de espaldas a la puerta, parado frente al ventanal mientras hablaba por teléfono. Se había quitado el saco, el cual colgaba del respaldo de su silla. Solo llevaba puesta una camisa negra que delineaba su musculatura firme; los músculos de su espalda se marcaban bajo la tela, desprendiendo un atractivo indescriptible.
Renata lo miró por un segundo y apartó la vista de inmediato. Ni siquiera a Enrique lo había mirado de esa forma...
César escuchó sus pasos, colgó el teléfono y se volvió para mirarla. Su imponente figura se recortaba a contraluz.
—¿Qué pasa?
Fue entonces cuando Renata volvió a mirarlo y se mordió el labio para decirle:
—Usted pagó la cuenta... Habíamos acordado que pagaba yo...
César metió una mano en el bolsillo, apretando el pañuelo de papel que había guardado, sonrió y respondió:
—Invitas la próxima vez, es lo mismo.
¿Habría una próxima vez?
El pecho de Renata se apretó. Para ser sincera, no quería involucrarse demasiado con César Zaldívar.
En primer lugar, estaba a punto de marcharse.
Y, en segundo lugar, en el fondo no quería volver a relacionarse con personas de la alta sociedad.
Pero en ese momento, no podía simplemente rechazarlo.
—...De acuerdo, entonces la próxima vez pago yo. Y cuando llegue el momento, Sr. Zaldívar, no se me adelante para pagar.
César se puso el saco, se ajustó la corbata y mantuvo la mirada fija en ella en todo momento.
—Hecho, sin problema.
En ese instante, los dos niños regresaron con sus helados y le trajeron uno de sabor a fresa a Renata.
—Renata, este es para ti.
—¡Tía, te trajimos uno de fresa!
Renata no pudo evitar conmoverse. Les pellizcó suavemente las mejillas a ambos.
—Gracias.
Dicho esto, miró de reojo a César y se sorprendió al notar que el hombre parecía estar sonriendo al verlos.
Debía ser su imaginación.
—¡Habla muy suave, huele muy rico! Y cuando me abraza...
El rostro de César se fue ensombreciendo poco a poco y le dio un leve pellizco en la mejilla regordeta del niño.
—Basta, no digas más.
Se enderezó y empezó a caminar.
—¿Eh? ¡Todavía no terminaba de contarte!
Fabián corrió detrás de él como un cachorrito.
...
Mientras tanto, el ambiente en otro lugar era diametralmente opuesto al de ellos...
En la oficina del presidente de la Corporación Yáñez.
Enrique Yáñez fumaba un cigarrillo mientras miraba las fotografías esparcidas sobre su escritorio. Eran, sin excepción, «fotos íntimas» de Renata y César Zaldívar...
Ambos acompañando a los niños en las actividades escolares.
Almorzando juntos.
Había una foto donde estaban tan juntos que parecía que se estaban besando. Era una imagen tan cargada de tensión que incluso a través del papel resultaba provocativa.
Con razón se había arreglado tan bonita esa mañana y se había negado a que él la acompañara.
Resultaba que iba a verse con César Zaldívar...
Enrique entrecerró sus brillantes ojos, dio una profunda calada a su cigarrillo y el humo grisáceo se elevó lentamente, formando una neblina que ocultaba su rostro sombrío.
Tragándose la rabia, revisó unas cuantas fotos más hasta que no pudo soportarlo más y, con un movimiento brusco, ¡las arrojó todas al suelo!
En ese instante, cada músculo de su cuerpo parecía estar tenso; lo invadía una amargura insoportable.

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