En ese preciso momento, Pablo Cisneros entró en la oficina con unos asuntos que reportar. Al ver la escena, se detuvo en seco, completamente consternado.
—Sr. Yáñez...
Enrique frunció el ceño. Él, que siempre ocultaba sus emociones y mantenía una fachada imperturbable, ahora no podía esconder su furia.
—¿Qué sucede?
Pablo vio las fotos de Renata en el suelo y se hizo una idea de lo que estaba pasando. Sin querer provocar más su ira, fue directo al grano:
—Es la Srta. Zapata... me pidió que le informara...
—¡Hablaremos de eso más tarde!
Lo interrumpió Enrique con voz grave.
Al oír eso, Pablo no tuvo más remedio que callar y retirarse discretamente.
La puerta volvió a cerrarse.
Enrique cerró los ojos con frustración y se masajeó el puente de la nariz.
No entendía por qué estaba experimentando una reacción tan intensa.
Al punto de que ni siquiera le importaba lo que pasara con Ximena.
Pero esa era la realidad...
Al final, sacó de nuevo su celular y, una vez más, le envió un mensaje a Renata.
...
Mientras tanto.
En el camino de regreso al hospital con Matías, Renata notó que su teléfono volvía a iluminarse con varias notificaciones.
Todas, sin excepción, eran de Enrique.
No respondió a ninguna. Llevó a Matías al hospital, acompañó a su hermana toda la tarde y no volvió a casa hasta la noche.
Originalmente planeaba volver a su propio departamento, pero al recordar las órdenes de la Sra. Yáñez, no tuvo más remedio que resignarse.
De todas formas, solo tenía que aguantar unos días más, ¡y todo habría terminado!
...
Media hora después, en Bahía Serena.
Cuando Renata estacionó su auto en su lugar habitual, miró de reojo el espacio de al lado.
No había ningún vehículo.
¿Enrique no había llegado?
El pesado humor de Renata se aligeró de repente, y caminó hacia la entrada de la casa sintiéndose completamente relajada.
No como antes, cuando llegaba de trabajar por la noche y, al ver que él aún no había vuelto, se llenaba de preocupación y decepción... como una mujer amargada y digna de lástima.
Subió los escalones y empujó la puerta.
De buen humor, estaba a punto de pedirle a Inés que le cortara algo de fruta.
Pero, al levantar la vista, lo primero que vio fue al hombre sentado en el sofá, fumando un cigarrillo...
Se quedó paralizada.
—Si no vas a hablar, me voy arriba...
Enrique la observó. Aplastó la colilla en el cenicero en silencio, se enderezó y finalmente dijo:
—¿A dónde fuiste esta mañana? ¿Por qué no contestaste mis mensajes? Y esta noche, ¿de dónde vienes apenas? ¿Por qué llegas tan tarde...?
Le soltó tres preguntas de golpe.
Renata primero se quedó atónita, incapaz de creerlo, y luego sintió unas ganas absurdas de echarse a reír...
Por supuesto que no creía que esto fuera producto de la posesividad.
No era más que el instinto básico y egoísta de los hombres haciendo de las suyas.
Renata sostuvo su mirada. Sin ganas de dar explicaciones, le respondió a la ligera:
—Estaba trabajando. Y sobre los mensajes, estaba tan ocupada que no los vi...
—Si eso es todo y no hay nada más, me voy arriba. Buenas noches.
Enrique escuchó su respuesta evasiva y vio cómo se daba la vuelta para dirigirse a las escaleras. Su rostro se volvió tan sombrío que parecía a punto de estallar.
Incapaz de contenerse, dio un paso largo hacia adelante, la agarró por la muñeca, la jaló hacia atrás y la acorraló contra él.
Renata soltó un pequeño grito de dolor, forcejeó débilmente y se giró para fulminarlo con la mirada.
—¡Enrique! ¿Qué demonios haces?
Enrique la sostenía firmemente por su delgada muñeca, con la mirada clavada en ella.
—Renata, estás mintiendo. Esta mañana no fuiste a trabajar, acompañaste a Matías a un evento en su escuela y... ¡fuiste a verte con César Zaldívar!

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