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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 123

La finca privada de la Directora Zapata estaba construida en la montaña, rodeada de colinas. Desde lejos, se veía espectacular. Además, como estaban en invierno, los jazmines de invierno plantados alrededor estaban en pleno apogeo, luciendo hermosos.

Cuando Renata llegó, al ver la exuberancia de las flores, quedó maravillada y no pudo evitar detenerse a contemplarlas...

Hasta que, a sus espaldas, escuchó una voz muy familiar: "Vaya, llegaste rápido. Como era de esperarse, quien quiere robarse el crédito siempre corre deprisa".

Ximena.

Renata se quedó de piedra, no esperaba que ella también apareciera. Con el buen humor arruinado, se dio la vuelta, la miró con frialdad y le respondió con sarcasmo:

"Esa frase te queda mejor a ti, ¿no? ¿No se suponía que estabas herida, acostada en el hospital sin poder trabajar? ¿Cómo es que ahora vienes corriendo hasta aquí?"

Ximena se atragantó con sus propias palabras, y sus mejillas se pusieron rojas.

Renata soltó un ligero resoplido, sin ganas de perder el tiempo con ella, y caminó hacia la entrada de la finca.

Al ver eso, Ximena sintió un nudo en la garganta y una rabia profunda. Pero, cambiando de idea al pensar en algo, se relajó, caminó despacio hacia ella y sonrió con burla.

"Di lo que quieras. Quien tiene la culpa sabe lo que hizo. Si al rato, frente a la Directora Zapata, logras mantener esa cara sin inmutarte ni sonrojarte, entonces tendré que admitir que tienes talento".

Renata se mantuvo inexpresiva.

Ximena continuó: "Sé que estás resentida, pero esa parte del trabajo te la asignó Enrique, no yo".

Las pestañas de Renata temblaron ligeramente; apretó los labios sin decir una palabra.

Ximena se echó a reír, ladeó la cabeza para mirarla y le preguntó de repente:

"¿Estaba rico el almuerzo de hoy?"

La expresión de Renata cambió; detuvo sus pasos y le advirtió fríamente:

"Ximena, ya fue suficiente".

Ximena hizo oídos sordos, su sonrisa se volvió aún más amplia y dijo: "¡Ese almuerzo, yo misma le pedí a Enrique que te lo llevara! Y tú me acabas de decir todas esas cosas... ¡No tienes ni una pizca de decencia!"

¿Qué?

Esas palabras fueron como un balde de agua fría que la tomó completamente por sorpresa. Se quedó congelada en su lugar, con un blanco sepulcral en el rostro...

Ese almuerzo.

Ni siquiera se lo había preparado Enrique, se lo había mandado Ximena.

... No podía haber peor humillación.

¿Qué significaba ella realmente para Enrique?

Renata se mordió el labio por dentro, llena de humillación. Sus hombros temblaban levemente, y unas pequeñas venas se marcaron en las esquinas de sus ojos, consumida por la rabia.

Ximena, al verla tan miserable, curvó silenciosamente las comisuras de sus labios y pasó por su lado, golpeándola con el hombro a propósito al cruzarse...

Renata no tuvo tiempo de esquivarla; soltó un quejido ahogado por el impacto y su rostro palideció aún más.

Tragándose el coraje, Ximena los siguió...

La residencia principal estaba a cierta distancia de la entrada. El camino estaba flanqueado por jazmines de invierno. La vista era hermosa y majestuosa; se notaba que el dueño los cuidaba con mucho esmero.

Ximena echó un vistazo a su alrededor, maquinando algo en secreto...

Finalmente llegaron a la casa principal.

El mayordomo las hizo pasar y le dijo en un tono amable a Sofía Zapata, que estaba de pie frente al ventanal charlando con alguien:

"Directora Zapata, la Gerente Yepes está aquí".

Otra vez sin mencionarla a ella. Ximena apretó los dientes...

Renata avanzó con el rostro sereno. Justo cuando iba a abrir la boca para saludar a la Directora Zapata, al ver al hombre que estaba junto a ella, se quedó clavada en su sitio...

¡¿César Zaldívar?!

En su campo de visión, frente a los enormes ventanales, el hombre llevaba un impecable traje oscuro, con una mano en el bolsillo, erguido e imponente. El aura a su alrededor era tan fuerte que, con solo mirarlo de lejos, inspiraba respeto y ganas de retroceder.

Como si presintiera algo, con esa agudeza que lo caracterizaba, se dio la vuelta. En un instante, sus miradas se cruzaron.

Él entrecerró los ojos; su mirada profunda y brillante era como un estanque sin fondo...

Los ojos de Renata se movieron ligeramente y su espalda se tensó de forma inconsciente.

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