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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 127

Ximena palideció, incapaz de sostenerle la mirada. Era un contraste enorme con la actitud arrogante que tenía hace un momento.

"Yo... yo..."

Renata miró a César. Para ser sincera, estaba muy sorprendida; no esperaba que él la defendiera.

Pero en este momento, no podía permitir que Ximena arrastrara a un compañero inocente al problema.

Intervino rápidamente para frenarla: "Ximena, quizás otros solo bromeaban, pero tú me acusaste públicamente sin ninguna prueba, demostrando una total falta de ética profesional".

Ximena apretó los dientes, incapaz de decir una sola palabra...

César le dirigió una mirada a Renata.

Renata sintió un escalofrío en la espalda. Sabía que esa mirada era de reproche; le reprochaba por haberlo interrumpido y por no mostrar firmeza.

Pero no tenía otra opción. No podía permitir que otros compañeros inocentes pagaran los platos rotos.

Le lanzó una mirada suplicante...

Los ojos brillantes de César destellaron levemente, y sus dedos, marcados por finos callos, tamborilearon sobre el reposabrazos de la silla.

De forma inexplicable, y para su sorpresa, él realmente dejó de lado el tema.

Renata, al ver esto, suspiró aliviada.

"Siendo así, lo mínimo es una disculpa. ¿Acaso espera que la Gerente Yepes sea difamada sin ninguna consecuencia?", soltó César de repente.

Renata se quedó atónita.

A Ximena le zumbó la cabeza.

Durante estos últimos años, gracias a la influencia de la familia Yáñez, siempre habían sido los demás quienes se inclinaban ante ella.

Casi nunca había tenido que hablarle a nadie con sumisión, ¡y ahora le exigían que se disculpara con la persona a la que más despreciaba!

Era una humillación total.

Sin embargo, César no le estaba dando a elegir: "¿Y bien?"

Una simple palabra.

Fue suficiente para que Ximena se rindiera por completo, haciendo que toda su arrogancia se desmoronara.

Con la espalda tensa, se mordió el labio. Después de un rato de lucha interna, logró decir con dificultad: "Lo siento, Gerente Yepes, fui yo quien la difamó...".

Renata observó su expresión de derrota.

En ese instante, era innegable que sentía una gran satisfacción. Lo disfrutaba.

Y esa pequeña victoria se la había regalado aquel hombre que tanto respeto y nerviosismo le causaba.

No pudo evitar mirarlo de reojo.

Pero él ni siquiera la volteó a ver. Sus largos dedos sostenían el asa de la cafetera mientras se servía café, luciendo completamente indiferente.

Como si ayudarla hubiera sido solo un gesto casual.

Sus ojos se oscurecieron. Pensando en algo, se armó de valor, se levantó con la cafetera en mano, se acercó a César, se inclinó ligeramente y, mientras le llenaba la taza vacía, dijo con voz dulce y sumisa:

"Sr. Zaldívar, lamento mucho lo que dije hace un momento... por favor, no me lo tome en cuenta".

Con una voz suave, una postura delicada y un rostro joven y hermoso...

Eran cosas que a cualquier hombre le encantarían.

Renata, al ver la escena, ensombreció su mirada y sin darse cuenta apretó con fuerza su propia taza.

Ximena era experta en manipular a los hombres. Siempre le funcionaba con Enrique; cada vez, él la dejaba plantada para correr detrás de ella...

¿Acaso César también caería en su juego?

Renata apretó los labios con fuerza y bajó la mirada, sin querer ver más...

Pero al segundo siguiente.

César retiró su taza bruscamente y arrojó el café directamente al jardín, fuera de la terraza.

No le tuvo la más mínima consideración a Ximena, ni siquiera la miró, y dijo con una frialdad absoluta:

"Creo que esas disculpas deberías dárselas a la Srta. Yepes, no a mí".

Renata se quedó sorprendida.

Ximena perdió completamente la compostura, sobre todo al notar que las empleadas la miraban con ojos burlones. Sus mejillas ardían como el fuego...

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