Pero no tuvo tiempo de analizarlo, solo lo llamó: —Sr. Zaldívar... —Quería preguntarle sobre el acta de matrimonio.
Los fríos ojos del hombre se clavaron en ella. —¿Qué sucede?
La espalda de Renata se tensó de inmediato y las palabras se atoraron en su garganta. Era una mezcla de respeto e intimidación.
Pensó en ello.
Tal vez el acta de matrimonio solo era un error burocrático, no había necesidad de mencionarlo y buscarse problemas. Podría parecer que intentaba llamar su atención.
Mejor no.
No quería causar complicaciones justo antes de irse.
—No... no es nada. Solo quería decirle que fue un placer hacer negocios con usted.
Se excusó con una sonrisa.
César observó su dulce sonrisa y se quedó pasmado por unos segundos.
—Sí... el placer es mío.
Renata se marchó.
La puerta del salón se cerró con un chasquido.
César tardó en apartar la vista. Sus ojos oscuros eran insondables. Encendió un cigarrillo y le dio una calada profunda, tensando las mandíbulas.
Camilo, de pie a un lado, tenía la mente hecha un torbellino.
Llevaba al menos cinco años trabajando para su jefe, pero aún no lograba descifrar qué pasaba por su cabeza ni cuáles eran sus intenciones con Renata.
—Sr. Zaldívar, creo que esa tal Renata es muy probablemente una trampa que la Corporación Yáñez está usando para confundirlo.
Después de todo, usar a una mujer a cambio de un contrato era rápido y barato.
César entrecerró los ojos sin responder. Apagó el cigarrillo de golpe, se inclinó hacia la silla que Renata acababa de ocupar y recogió un coletero que se le había caído.
Era de color rosa pálido.
Y tenía un conejito miniatura de adorno.
Lo apretó en su puño y murmuró: —Tienes razón en que es una posibilidad, pero... aunque el físico se puede operar y las alergias se pueden investigar en un hospital... ¿cómo podrían saber sus gustos personales?
Camilo se quedó mudo al instante.
Al notar el coletero rosa en la mano de su jefe, sintió una punzada de alerta.
Si la memoria no le fallaba, el color favorito de Tatiana también era el rosa. Antes de morir, había comprado muchísimas cintas de ese color.
Conteniendo su asombro, miró a su jefe. —Entonces, Sr. Zaldívar, ¿quiere que investiguemos a la Srta. Yepes? Pero... si ella realmente es la Srta. Rivas, ¿por qué se lo ocultaría?
Exacto, ¿por qué se lo ocultaría?
César tampoco entendía nada.
Apretó con fuerza el coletero en su mano, frunciendo profundamente el ceño.
...


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