El chofer, Don Luis, llevaba un año trabajando con ella y ya le tenía aprecio. Al verla comiendo solo pan, no pudo evitar reprenderla con suavidad.
—Gerente Yepes, comer puro pan no le hace bien. Aún es temprano, si gusta la llevo a un restaurante para que coma algo decente antes de volver a la oficina.
Renata se quedó en silencio un segundo y respondió con voz apagada: —No tengo mucha hambre, regresemos a la empresa.
Se le había cerrado el estómago.
Al verla así, el chofer no insistió más y condujo hacia la corporación.
...
Media hora después, en la Corporación Yáñez.
Renata acababa de subir, saludó a unos colegas que pasaban y se dirigía a su oficina.
Cuando la voz estridente de su asistente, Queta Noriega, resonó por el pasillo.
—¡Jefa! ¡Qué bueno que llegó! Le mandé mensajes, ¿por qué no contestaba?
Renata la vio acercarse y la sostuvo por los brazos.
Se disculpó: —Perdón, venía distraída y no revisé el celular, ¿qué pasó?
Queta tomó aire, lista para hablar.
Pero desde la dirección de su oficina, se escuchó una voz femenina, arrogante y mandona.
—Saquen todas estas porquerías de aquí. Rápido, despéjenme el área.
La señora de limpieza se notaba muy incómoda. —Srta. Zapata, esta oficina es de la Gerente Yepes, no nos atrevemos a tocar nada sin su permiso...
Ximena soltó un bufido. —Esta empresa es de mi hermano, Renata es solo una empleada más. ¿A quién van a obedecer, a ella o a mí? ¡Empiecen a recoger ya!
A Renata le zumbaban los oídos.
Queta no pudo contener su temperamento, soltó una maldición en voz baja y se dispuso a ir a enfrentarla: —¡Maldita sea! ¡Qué estupideces está diciendo!
Renata recuperó la compostura, la detuvo rápidamente, le dio unas palmaditas en la mano y la calmó en voz baja: —No te alteres, yo me encargo.
—¡Jefa!
Queta la miró con indignación y lástima.
—Tranquila.
Enrique se acercó al escuchar el alboroto. Su fría mirada barrió a los curiosos antes de detenerse junto a ellas.
—¿Qué está pasando?
Ximena se apresuró a abrazarlo del brazo y, valiéndose de su favoritismo, miró a Renata con desdén.
Y le dijo en francés: —Hermano, Renata no te respeta en absoluto, no me deja usar la oficina y encima... ¡me gritó!
—Siempre me ha odiado, a todos los trata con amabilidad, pero conmigo, cada vez que abre la boca, es para insultarme.
Enrique miró de reojo a Renata, que permanecía en silencio, y frunció el ceño. Le respondió en francés: —¿Te insultó?
Renata, traduciendo su conversación mentalmente, apretó las yemas de los dedos. Al levantar la mirada y toparse con los ojos fríos del hombre, sintió otra punzada en el corazón...
Por un momento, no supo si llamarlo cruel y despiadado, o simplemente ciego por el amor que le tenía a Ximena.
Ximena siguió hablando, y ambos conversaron en francés como si no hubiera nadie más en la sala.
Tratando a Renata como a un simple objeto decorativo.
—Enrique, tienes que ponerla en su lugar. En toda mi vida tú nunca me has levantado la voz, y ella se atreve a tratarme así...

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