—¡Ay, mi mano...! —se quejó Ximena con un quejido ahogado.
Enrique volteó de inmediato a verla con preocupación, y tras asegurarse de que no era nada grave, levantó la vista para buscar a Renata, pero ella ya se había alejado por el pasillo.
Frunció el ceño, sintiendo una irritación inexplicable.
Al ver que no le estaba prestando atención y seguía mirando por donde se había ido Renata, Ximena hizo un puchero lleno de resentimiento.
—Y luego dices que no te importa...
Al escuchar esto, el ceño de Enrique se hundió aún más. Se giró hacia ella y su tono de voz llevaba una frialdad que ni él mismo notó.
—Ximena, si querías ocupar su oficina, debiste consultármelo primero.
Ximena, al sentirse reprendida, se llenó de lágrimas en un segundo y le reprochó: —¡Enrique! ¡De verdad has cambiado!
—¡Antes jamás me habrías reclamado por culpa de otra mujer!
—¡Mira nada más esta semana! ¡Cuántas veces me has regañado por culpa de Renata!... ¡Has cambiado!
El rostro de Enrique se tensó y se quedó inmóvil por un par de segundos, observando su carita empapada en llanto. Al final, se masajeó las sienes, agotado.
—Ya vas a empezar... Ya te lo he explicado mil veces...
Ximena volteó la cara para no mirarlo, sintiendo que su orgullo herido se ahogaba en celos.
Enrique suspiró con resignación, sacó un pañuelo de su saco, se acercó para limpiarle las lágrimas y su tono se suavizó.
—Está bien, puedes usar esta oficina, no diré nada más.
Ximena se mordió el labio.
Enrique volvió a suspirar, le acarició la mejilla y le secó una última lágrima.
—Sigues siendo una niña, mira qué rápido lloras.
—¿Vas a ir a ver al Maestro Zamora mañana con los ojos hinchados de tanto llorar?
¿Ver al Maestro Zamora?
¿Se refería al ilustre y famosísimo Mauricio Zamora, la leyenda del mundo del diseño?
Ximena se quedó petrificada, mirando al hombre con los ojos abiertos de par en par.
—Enrique...
Enrique entendió su reacción y le acarició el cabello largo con su mano grande.
Explicó con calma: —Sí, el Maestro Zamora que tú conoces, Mauricio Zamora. ¿No decías que soñabas con que te aceptara como su alumna?
—Mañana te llevaré a conocerlo. Así que deja de llorar, o de verdad se te van a hinchar los ojos.
Al ver el rostro apuesto del hombre y escuchar su tono dulce y protector, el enojo de Ximena se esfumó por completo.
Se lanzó emocionada a sus brazos.
—¡Gracias, Enrique! ¡Eres el mejor!
—Pero escuché que el Maestro Zamora solo ha tenido una estudiante en toda su vida y que no piensa aceptar a nadie más. ¿De verdad me aceptará?
—Claro que sí.
Enrique le dio unas suaves palmadas en la espalda y respondió con un tono distante.
Su mirada pasó por encima de la cabeza de Ximena, enfocándose en la pequeña oficina del pasillo.
Sus pensamientos volaron muy lejos...
...

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE